sábado, 7 de julio de 2018

Las mil y una Historias de Sol. Capítulo 3.

18:19:00 2 Comments
 (c) 2018 Rocío Cumplido González

Capítulo 3: ¿De tal palo, tal astilla?

Sol vivía a la entrada del pueblo, al lado de la carretera de acceso, donde una línea en el suelo separa el asfalto nuevo del más viejo.

Para llegar a su casa había que pasar forzosamente por un taller, cuya fachada cubrían unos ladrillos rojos que era imposible no ver.

— ¿Pero qué haces?— pregunté al verla agacharse para pasar por debajo de la ventana.
— ¡Shhhhh! Habla más bajo o me pillarán —
— Creo que ya es tarde para eso

Cómo no miraba por donde iba, Sol no se dio cuenta de que alguien salía por la puerta del taller. Levantó la vista y sonrió a quién se interponía en su camino. Al ver su barba y sus vaqueros sucios, cubiertos de serrín, supe que tenían que ser de la misma familia.

— Hola papá Mario— saludó Sol mientras se ponía derecha. — ¿Te has recortado otra vez la barba?— ¡Estás muy guapo!

Sol intentó pasar de largo, como si nada hubiera pasado; pero su padre la cogió por detrás del cuello de la camiseta, obligándola a dar media vuelta.

Pasaron unos segundos mirándose en silencio, como si hablaran en un lenguaje secreto. Me recordaron a esos peces del lago que parecían bailar, al son de una música que nadie más podía escuchar.

— Vas a llamar a la señorita Maite y le pedirás perdón, ¿capichi?
— Capichi— contestó Sol con la mirada en el suelo. Su padre le hizo levantar la cabeza y la besó en la frente.
— Si te esforzaras con las matemáticas, tanto como en encontrar historias para tu libreta de cuentos…

Tras ajustarle un poco las coletas a su hija, el hombre de gruesa barba marrón se me acercó:
—Así que tú eres el muchacho del que mi hija no deja de hablar. Soy Mario, encantado de conocerte.

Me sorprendió ver como extendía su mano y la sostenía en el aire esperándome.
— ¿Es que me vas a dejar colgado?— preguntó al cabo de un rato.

Le estreché la mano con algo de torpeza y sin mucha fuerza. Por primera vez en mi vida un adulto me trataba como a un igual y eso me gustó.

—Si mamá estuviera aquí— pensé. — La obligaría a que  me escuchara y le diría que no puede decidir por mí, que tengo derecho a opinar.

— Yo André— conseguí decir.

— ¿Ya ha vuelto la rebelde?— preguntó un hombre, sacando la cabeza por la ventana del taller. — Íbamos a llamar a una patrulla de rescate; pero luego pensamos que volverías en cuanto tuvieras hambre.

Unos segundos después aquel hombre de pelo rubio y rizado salió de la capintería; y tal  y cómo había pasado un momento antes, extendió su mano para saludarme.

—  ¡Así que tú eres el famoso André!— exclamó, exagerando un poco con la voz. — Yo soy Diego, el padre de este pozo sin fondo. Un consejo… nunca la invites a comer nada ¡sale muy cara!

— ¡Papá Diego!— exclamó Sol avergonzada.

— ¡Ja! atrévete a decir que no es verdad —  dijo su papá mientras cogía a Sol para montarla sobre sus hombros.

— Vamos André acompáñanos a casa, te invitamos a una granizada.
—Yo… no se moleste, gracias, no hace falta.

No sé qué me pasó. Un rato antes tenía muchas ganas de conocer la casa de Sol; pero en ese momento me sentí tan avergonzado, que solo quería correr a casa para encerrarme en mi cuarto.

— No es ninguna molestia— afirmó Mario.
— Vamos no te hagas el remolón— añadió Diego. — Además, tenemos que compensarte por aguantar a este bichejo malcriado. Seguro que ya te ha aplicado el sexto grado.

Ahí entendí de quién había sacado Sol  su poder de convicción. Diego también sabía poner esos ojos de cordero degollado. Me fijé en que eran verdes, con manchas marrones.

— ¡Por fa!— me pidió Sol poniendo esa carita de “no me puedes decir que no”. — Tenemos granizadas de naranja, limón y fresa.

Finalmente acepté. Admitámoslo… ¡a esta niña es imposible decirle que no!

Nada más entrar me quedó claro que esta familia no sabía lo que era una pared. Todo estaba a la vista. Entrabas y ahí tenías la cocina. Al otro lado el comedor y apartada en un rincón, un televisor cubierto de polvo.

— No solemos encenderla en verano— comentó Mario al ver hacía donde estaba mirando.

— Ahora el cielo estrellado, es el mejor espectáculo— dijo Sol señalando las puertas de cristal que llevaban hacía el jardín trasero. A través de ellos pude ver que tenían un telescopio grande, de color azul.

— Esta noche hay Luna llena— aseguró Diego. — Si nana Nati te deja, puedes venir a cenar. Aprovecharemos para observar la Luna, contar estrellas y descubrir constelaciones nuevas.

— ¿Constelaciones nuevas?— pregunté sorprendido. — ¿No están todas descubiertas?
— ¡Para nada!—aseguró con una sonrisa. — En el universo hay mucho más de lo que a primera vista se puede apreciar. Solo tienes que saber a dónde mirar.

En cuanto terminé la granizada de limón me fui a casa para buscar a nana.

— ¿Y de verdad quieres ir? — me preguntó nana como si no pudiera creer lo que acababa de oír.

Me encogí de hombros sin decir una palabra. La verdad era que ni siquiera yo sabía lo que quería. Aquellos tres eran una familia que se adoraba y eso en el fondo me repateaba.

— Tu madre ha llamado hace un rato— dijo nana observándome. — Me ha dicho que  te diga que te llamará más tarde, que hay algo importante que quiere comentarte.

De repente sentí que algo me oprimía el pecho. Me ahogaba, como si estuviera bajo el agua y no pudiera respirar:

— No, no, no, no podía ser.
— ¿Ya?
— ¿Tan pronto?
— No, no, ¡imposible!
— Apenas ha pasado una semana ¿Cómo puede haberse decidido ya?
— ¿Es tan cobarde que va hacerlo por teléfono?
— ¡No va a decírmelo a la cara!
— ¡No quiere saber lo que pienso!

Cuando quise darme cuenta, nana estaba delante de mí, abrazándome.

— Respira profundamente André— dijo apartándose para mirarme.
— Eso es, ahora inspira.
— Aguanta un momento… un, dos, tres, expulsa todo el aire.

Cuando se aseguró de que respiraba con normalidad, se levantó. No me había dado cuenta de que estaba en cuclillas. Al hacerlo cerró los ojos y se masajeó la rodilla. Estaba claro que aún le dolía.

— ¿A dónde vas? — pregunté agarrándola con fuerza de la muñeca. — No quería que se marchara, no quería estar solo, la necesitaba.

— Tranquilo André— dijo acariciándome la mejilla. — Sólo voy a traerte un vaso de agua.

La solté al mismo tiempo que aguantaba las lágrimas. Me sentía tan estúpido:

— Idiota— me regañé a mí mismo. — Soy el rey de los idiotas. En cuanto llame mamá, nana se lo contará y sabrá que no han podido ocultarme la verdad.

De repente, me di cuenta de que no había tenido ningún ataque de ansiedad desde que llegué al pueblo. Desde que no estoy con ellos.

No pude evitar que aquello me hiciera recordar mi primer ataque de ansiedad. No estoy seguro de qué horas eran. Solo que era tarde, de madrugada y que estaba en la cama cuando sus voces me despertaron.

— ¡Quieres no hablar tan alto Fernando! ¡Vas a despertarlo!
— ¡Ja! ¿No me digas que ahora te importa André?— escuché preguntar a mi padre.
— ¡Por favor Fernando baja la voz!— le suplicó mi madre. — No quiero que André se entere, no todavía.

Pero sí que me enteré. Me enteré de todo escondido detrás de la puerta que unía el comedor, con el pasillo que llevaba a los dormitorios.

Mi madre le admitió algo a mi padre. Una terrible verdad que me negaba a aceptar y mucho menos recordar. Aunque eso nunca me impidió volver a mi escondrijo para escuchar sus discusiones.

Casi siempre hablaban de ellos. De su relación, sus sentimientos; pero también de mí, de como aceptaría los cambios que estaban por venir.

— Elena, por favor— escuché decir a mi padre unos días antes del viaje. — No puedes tomar esta decisión tan a la tremenda. Tomémonos un tiempo. ¿Por qué no nos vamos de vacaciones? ¿Por qué no intentamos arreglar lo nuestro?

Dejé mi puesto de espionaje antes de escuchar, que yo no estaba incluido en ese paquete vacacional, del que mi padre no dejó de hablar en los días siguientes.

Se le veía tan ilusionado. Como si aquel viaje fuera a arreglarlo todo. Yo los miraba a ambos e intentaba averiar, a cuál de los dos me parecía más.

— ¿Soy tan optimista como papá? ¿O tan decidida como mamá?

Me bebí el vaso de agua de un trago y encendí el televisor. Tenía que alejar como fuera, esos recuerdos de mi cabeza. En eso los dibujos animados eran lo mejor (al menos para mí). Ellos habían sido mi salvación. Me hacían viajar a otros mundos a los que; el miedo a las llamadas de mi madre y la ansiedad, no podían llegar.

Creo que esa tarde nana entendió también que lo necesitaba, porque no me pidió que cambiara el canal, ni lo apagara.

— ¿Vas a ir al final a cenar a casa de Sol?— me preguntó aprovechando que empezaban los anuncios.

— No tengo ganas— respondí sinceramente. — Creo que me voy a ir pronto a la cama.

En estos días había aprendido a leer las miradas de nana y esta decía claramente “sería bueno que te despejaras”; pero por una vez, decidió no decir lo que pensaba.

— Seguramente ya se están preparando para cenar— aseguró. — El número de su casa está al lado del teléfono. Llama y avisa de que no vas a ir.

El teléfono de nana era prehistórico. Parecía una calabaza. — ¡Hasta era de color naranja!— Además, tenía una rueda en el medio con muchos agujeros en la que había que meter el dedo.

Antes de descolgar, intente recordar cómo funcionaba. Nana me lo explicó; pero la verdad… no le preste mucha atención.

— Tengo que descolgar, meter el dedo en el número y….

El teléfono empezó a sonar.

“Ring, Ring, Ring”
“Ring, Ring, Ring”
“Ring, Ring, Ring”

No me hizo falta que a esta chatarra le faltara un identificador de llamadas, para saber que era mi madre. Siempre llamaba antes de cenar.

Tenía que haberlo cogido. Tenía que haberle dicho todo lo que pensaba de ella. Pero no tuve valor. Entré en la cocina para decirle a nana que había cambiado de opinión y me fui corriendo a casa de Sol.



Continuara

Safe Creative #1806237477719

sábado, 30 de junio de 2018

Las mil y una historias de Sol. Capítulo 2.

12:00:00 2 Comments

(c) 2018 Rocío Cumplido González

Capítulo 2:  Una historia que contar

Nana Nati irrumpió en mi habitación a las siete de la mañana. Corrió a cada lado las cortinas y abrió las ventanas, dejando que la claridad y la brisa entraran.

— Te he dejado el desayuno preparado en la cocina. En cuanto termines ve a donde las gallinas para que te explique lo que tienes que hacer.

Me cubrí la cabeza con la sabana. La luz me cegaba y además, esas horas de la mañana, el aire era más frío que fresco.

— ¡Venga ya niño, que yo llevo levantada desde las cinco!

Con un rápido movimiento de ninja, nana  me destapó.

— A quien madruga, Dios le ayuda. Vamos levántate, así aprovecho y te cambio las sabanas.

Mamá alguna vez me contó lo testaruda que podía llegar a ser nana; pero nunca había dado mucha credibilidad a sus palabras:

— ¡Que exagerada eres mamá!— le dije cuando me explicó cómo su madre,  (nana Nati) consiguió que dejará de dormir con una luz encendida al lado de la cama:

— A los cinco años tenía pesadillas y para dormir encendía la luz de la mesita. La factura de la luz subía y subía. Por lo que un día, nana Nati decidió quitarme la manía.
Antes de irme a dormir y sin que yo lo supiera, nana desenroscaba un poco la bombilla. Cada noche la habitación se quedaba más a oscuras; hasta que una noche la desenroscó del todo y la escondió. ¿Te puedes creer que no me la devolvió, hasta que tuve que estudiar para los exámenes de selectividad?

Quizás por eso pensé que por el momento era mejor seguirle el juego:

— Si le sigo el rollo y le ayudo en un par de cosas, quizás me deje libre en una hora.

A las diez y media aun me tenía esclavizado. Justo detrás de la casa estaba lo que nana llamaba campo. Solo era un trozo de tierra con unos pocos metros cuadrados; pero eran suficientes para necesitar horas de trabajo.

Ya había recogido los huevos, dado de comer a las gallinas y regado el huerto cuando una voz familiar me asustó por detrás:

— Hola ¿Quieres ir conmigo hoy a ver cómo bailan los peces?

Y ahí estaba de nuevo Sol, con sus vaqueros ya manchados. De alguna manera se había colgado boca abajo. Se balanceaba de un lado al otro con las piernas enroscadas en la valla de madera y se estaba manchando las coletas de tierra.

— Te estás ensuciando—le advertí. — Verás cómo te va a regañar tu mamá, si hoy no te toca lavarte el pelo.

— Yo no tengo mamá.

Sol dijo aquello como si fuera verdad; pero de repente me acordé:

— Me estas mintiendo—afirmé convencido. Sabía que mi fuente de información (nana) no me había mentido. — Nana me dijo que tus padres viven en el pueblo y que son carpinteros.

— ¡Yo no digo mentiras!— gritó la niña. — ¡Lo que te dijo nana Nati es verdad y también es verdad que no tengo mamá!

— ¿A que vienen esas voces?

Nana se había acercado al huerto, alertada por los gritos de Sol. Noté que estaba cojeando. — ¿Qué le había pasado?
Si no hubiera estado tan enfadado por haberme levantado tan temprano, tal vez se lo hubiera preguntado.
— ¿Te has metido con ella André?
— ¡Yooooo!
Ahora era nana la que se había pasado de la raya. — ¿Cómo podía ponerse de su parte? Se supone que ella era “mí” abuela.

— ¡Yo no le he dicho nada!—protesté. — Es esta mocosa la que no deja de soltar mentiras por la boca.

— ¡Yo no digo mentiras!—gritó de nuevo Sol. — Nana yo solo le he dicho que no tengo mamá.

—  ¡Pero a mí nana me dijo anoche que vives con tus papás!
— ¡Es que eso es verdad!— Sol gritó tanto, que hasta las gallinas se asustaron.
— ¡Basta ya!— ordenó nana. — André Sol no es una mentirosa, la culpa es mía por no explicarme bien.

Nana miró a Sol con ojos de abuela y eso me fastidió. A ver… ¿quién era su nieto ella o yo?

— Veras André, Sol es verdad que no tiene mamá; pero sí tiene dos papás. Son los dueños de un taller de carpintería a las afueras del pueblo. Muy buena gente, deberías conocerles.

Por segunda vez en mi vida me quedé sin palabras. No por lo que dijo nana. En el colegio ya había conocido a muchos niños y niñas con dos papás o dos mamás. Es que estaba avergonzado. Sabía que ahora nana me obligaría a disculparme por haberla gritado.

— ejem, ejem. — que  había dicho…
— Lo siento— dije rindiéndome ante la mirada impaciente de nana.
— Te perdono si vienes a ver como bailan los peces.
Sol puso esos ojitos de cordero degollado, que ponen todos los niños cuando quieren conseguir algo.
— No se creerá que conmigo eso va a colar, ¿verdad? — Esos trucos solo funcionan con la gente muy mayor…. ¡Ay Dios!

— ¡Qué gran idea!—exclamó nana, cayendo directa en su trampa— André ya has trabajado demasiado, vete con Sol y diviértete un rato.

Estaba claro que su definición de diversión no se acercaba, ni de lejos a la mía.
— ¿De verdad no necesitas mi ayuda en nada más?

Le imploré con la mirada para que me encomendara cualquier otra tarea, ¡lo que fuera! Con tal de no pasar más rato con ese monstruito manipulador de abuelas.

— Todo está bajo control— afirmó nana, confirmando que mis ojos no tenían el mismo poder de persuasión que los de Sol. — Pasadlo bien y coged un par de helados en el bar de Don Paco, que ya iré yo luego a pagarlos.

— Espero que las atracciones de la feria merezcan la pena— pensé mientras andábamos hacía el lago.

Antes de llegar al sendero, paramos en el bar de Don Paco y pedimos los helados. Nunca me dejó de sorprender la cantidad de sabores que tenía aquel pequeño bar. Sol se pidió un polo de mango y yo, fiel a mis gustos desde los cinco años, uno de Coca-Cola.

Lo más peligroso del camino era un pequeño tramo de carretera en el que había que mirar veinte veces antes de cruzar y una vez al otro lado, seguir el sendero hasta el lago.

El camino estaba cubierto de maleza y si no tenías cuidado podías arañarte las piernas.

 — ¡No seas marrano!— me regañó Sol, cuando lancé por encima de su cabeza el palo del helado.

Refunfuñando, recogió el palo de madera y se lo guardó en el bolsillo del pantalón.

— El campo es un regalo, no tu basurero privado.

Un par de minutos después llegamos al lago. A un lado de la orilla había alguien pescando. Sol le saludo con la mano; pero este no le hizo el menor caso. Eso me animó, al fin conocía a alguien mayor que no se rendía ante los ojitos tiernos de Sol.

— Es algo huraño— afirmó la niña acercándose a la orilla. —Algún día, cuando esté de buen humor, le pediré que me cuente su historia.

— ¿Su historia? — pregunté.
— Todo el mundo tiene una historia que contar. Cosas de verdad, que no aparecen en los cuentos y que con el tiempo se olvidarán. Aprenderé mil historias y cuando sea mayor, se las contaré a todo el que me quiera escuchar. Así esos recuerdos nunca desaparecerán.

— ¡Menuda estupidez!— afirmé riéndome en su cara. — Nadie puede aprenderse de memoria tantas historias.

— Y no lo hago— confesó. — Si consigo que alguien me cuente una historia, la repito al menos diez veces para que cuando lleguen mis papás no se me olvide. Ellos se turnan para escribir en un cuaderno todo lo que les cuento. En eso papá Mario es el mejor. De mayor quiero escribir tan bien cómo él.

Confieso que sentí algo de envidia al escucharla hablar de uno de sus padres, lo hacía con tanto amor, respeto y admiración. Recordé que yo una vez también sentí eso:
— ¿Hacía ya tanto tiempo?

— ¡Mira André!— exclamó Sol, sacándome de mis pensamientos. — ¡Los peces! ¡Están bailando!

En ese momento, por algún motivo decidí dejar volar mi imaginación y creerla. Miré al lago y vi a los peces bailar. Parecían hacerlo al ritmo de una música que sólo ellos podían escuchar.

A pesar de que mi profesor de naturales aseguró a mis padres que no prestaba atención en clase (y los garabatos en los bordes del cuaderno le daban la razón…) la verdad es que algo debió de quedarse grabado cuando descubrí que podía reconocer a una de las especies.

— Ese es un Lucio— aseguré al ver su cuerpo alargado y escamas verdes. También reconocí a los pequeños Salinetes  y Ruivacos. Iban en dos grupos y por su forma de nadar (o como decía Sol bailar) parecían que se estaban retando a pelear.

— Ese es mi favorito— me dijo señalando a un pez entre las rocas del fondo. Según como le iluminara el Sol, sus escamas cambiaban de color. Pasando del naranja al amarillo; pero lo más bonito era el tono turquesa del lateral que imitaba al color del mar. — ¿Sabes que ese pez se llama Sol? ¡Igual que yo!

 Durante el camino de vuelta, me ofrecí a acompañarla a su casa. Intenté convencerme a mí mismo que lo hacía única y exclusivamente por mí. Para  ganar más puntos con nana antes de la feria. Pero la verdad era que quería saber dónde vivía esta niña tan peculiar con la que, en contra de mi buen juicio y voluntad, me había empezado a encariñar.



Continuara



Safe Creative #1806237477719

sábado, 23 de junio de 2018

Las mil y una historias de Sol. Capítulo 1.

14:54:00 2 Comments
Las mil y una historias de Sol

Capítulo 1El encontronazo

Cuando mis padres me anunciaron que ese verano pasaría un mes completo de mis vacaciones en casa de nana Nati, me quedó algo muy claro:

— ¡Estos están flipando!

Pasé toda la noche anterior al viaje despierto, deseando que  toda aquella parafernalia, no fuera más que una broma pesada. Sin embargo, mis esperanzas se esfumaron de un plumazo cuando al día siguiente el coche cruzó ese punto en la carretera, donde el asfalto se convierte en tierra.

Apenas habían pasado dos días y ya me aburría. Mi madre, a la que a estas alturas comparaba con una bruja malvada, me había confiscado el móvil y la tablet:

— No sé qué  hacer, esto es un pueblo de cuatro calles mal hechas, ¡si ni siquiera hay internet!

— Solo tienes que salir ahí fuera y utilizar la imaginación— me aconsejaba mi abuela, harta ya de escuchar la misma queja.

A la mañana siguiente, pensé que podía intentar eso de “utilizar la imaginación”. El problema es que lo único que se me ocurrió fue ir al lago a tirarles piedras a los peces. Fue entonces cuando todo cambió. Ese día conocí a Sol.

— ¡Eh tú, para!— gritó una voz entre los matorrales—. ¡Si los asustas se irán y no podré verles bailar!

Sorprendido vi cómo, con algo de dificultad, una niña con coletas y vaqueros sucios, que no podía tener más de siete años, salía de entre los arbustos.

— ¿Quién te crees que eres, eh?— preguntó la niña.

Tenía el pelo castaño y el flequillo le ocultaba un poco sus ojos claros; pero aun así pude ver cómo me lanzaban rayos.

— A mí nadie me dice lo que tengo que hacer, ¿te enteras?— grité en defensa propia.

Con once años, había esquivado con astucia más de un regaño. Incluso he conseguido que sean mis padres los que se acaben disculpando.

—  Tú debes de  ser André, el nieto de nana Nati, ¿verdad?— preguntó observándome de arriba a abajo—. Si, eres exactamente como me imaginaba: delgado como un espárrago y arisco como un gato. Tienes los ojos tristes, como los de los adultos que han dejado de creer en la magia. — ¿A ti te cuentan historias antes de irte a la cama?

Por primera vez en mi vida, me quedé sin habla:

— ¿Quién era esa niña?
— ¿Cómo sabía mi nombre?
— ¿Y por qué llamaba nana a mi abuela?— a menos que mis padres me estuvieran mintiendo, estaba seguro de que yo era su único nieto.

— Todo el pueblo lleva días hablando de ti— respondió la niña. Supongo que mi cara de sorpresa era un poema. — Yo soy Soledad María, aunque todos me llaman Sol, creo que es porque suena más alegre. — ¿Quieres quedarte conmigo y ver como bailan los peces?

— ¡Ni en broma!— exclamé alejándome a toda prisa.

Pero Sol no iba a dejarme escapar. Era muy testaruda y solo, un tiempo después, pude saber el por qué.

Aunque yo era más mayor y alto, a Sol no le costó nada ponerse a mi lado. Me acompañó todo el rato, haciendo más preguntas que un investigador privado.

— ¿Vives en una ciudad muy grande?
— ¿Sabes usar un telescopio?
— ¿Cuántos amigos tienes?
— ¿Te gusta usar los números pares o prefieres los impares?

En ese momento no entendí a que venía esa pregunta tan rara:

— ¿Por qué no te vas a jugar con alguien de tu edad?—pregunté aligerando el paso.

— Porque no hay nadie más de mi edad por aquí—respondió Sol, acelerando para ponerse de nuevo a mi lado—. Soy la única niña del pueblo.
— ¡Oye tengo una idea!— ¿Qué te parece si nos hacemos amigos?— ¡Así podrías jugar conmigo!

— Creo que prefiero ver el telediario, antes que pasarme el verano jugando con una niña pequeña—contesté de mal humor.

— Buenas tardes Sol—  saludó nana Nati al verla. Nana nunca se acordaba de que era muy mayor. Se había pasado media tarde regando las macetas de la pared y todo ese cansancio, hacía que se le notarán más las arrugas de la piel.

— André por favor lleva el cubo al patio, me he pasado echándole agua y ahora pesa demasiado.

Sé que no me lo pidió como una orden; pero aun así me cabreé. Había pasado todo el camino de vuelta a casa aguantando a esa niñata ¿y ahora nana me pedía que la ayudara?
Sin poder controlarme le di una patada al cubo de agua y entré en la casa sin decir nada.

Durante la cena, intenté explicarle a nana que la culpa de todo la tenía Sol:
— No dejó de molestarme y de hacerme preguntas extrañas. — Nana… ¿Quién es esa niña tan rara?

Nana me explicó, que los padres de Sol eran carpinteros y los más jóvenes del pueblo. Adoptaron a Sol con un año y al ser la única niña del pueblo, los más ancianos eran como sus abuelos.

— Se levanta muy temprano para ir a sus casas a ayudarlos— afirmó.
— Seguro que lo hace para sacarles el dinero—protesté enfadado.
— No—respondió nana—. Cuando alguien intenta darle una moneda ella la rechaza, dice: “No gracias, cuénteme una historia de su pasado y el pago estará saldado.”

— Menudo bicho raro — dije mientras dejaba los cubiertos en el fregadero. — ¿Puedo ver la tele un rato, mientras tú friegas los platos?

Antes de que le diera tiempo a contestar, cogí el mando de la tele y cambié ese “educativo” concurso de letras por algo (para mi gusto) más interesante:

— No sé qué le ves a esos muñecajos tan mal educados— protestó nana cuando, de los viejos altavoces del televisor, comenzó a sonar la inconfundible canción de mi serie de dibujos favorita.

— ¡Así es como habla la gente normal!

Estaba muy harto de que nana se metiera con mis dibujos animados. ¿Es qué no entendía que ese programa me hacía olvidar por un momento que no estaba en casa? Pero quizás era mejor no estar en casa ahora. Sobre todo a esta hora.

Cuando terminó el segundo capítulo y antes de que empezara el tercero, nana me arrebató el mando de las manos y apagó el televisor:
— Vete a la cama André.
— ¡Venga hombre no seas plasta!—protesté. — ¡Estoy de vacaciones y no son ni las doce!

La forma en la que me miró nana, me hizo desear tener una capa de invisibilidad. De sus ojos salían chispas y supe que había traspasado una fina línea.

— Mañana voy a despertarte temprano, para que me ayudes en el campo. Así que vete a acostarte ya.
— ¡Si hombre!
— ¡No me llames hombre! Soy tu abuela y no voy a seguir tolerando ni ese vocabulario, ni tu comportamiento de niño mimado. A partir de mañana y hasta que tus padres vuelvan, vas a ayudarme en las tareas.

— ¿Es que no has oído hablar de la explotación infantil? —No sabía ni hacer la cama, ¿cómo iba a cuidar de las gallinas o el huerto?— No, ni hablar, no pienso hacerlo. Si tengo que mover el armario para bloquear la puerta de mi cuarto, te aseguro que lo haré.

— Haz lo que quieras— contestó nana muy seria. — En dos semanas es la feria del pueblo. Vienen  muchas atracciones y supongo que querrás dinero.

El gato de Don Claudio estaba en la ventana mirándonos (a nosotros o a las sobras de pescado) y hasta él se dio cuenta, de que mi abuela me estaba chantajeando.

— ¿Por qué no me das el dinero y ya?— oye por preguntar…
— Porque es hora de que aprendas que los premios se tienen que ganar.

Sin decir nada más, nana  apagó la luz de la lámpara colgante, se fue a dormir y yo hice lo mismo. Sabía que de esta no me iba a librar, ni pidiendo un deseo a una estrella fugaz.


Rocío Cumplido González (c)



Safe Creative #1806237477719