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jueves, 4 de junio de 2015

¡Yo sé que puedes, sí que puedes!




Seguro que alguna vez, leyendo el cuento de Peter Pan, has leído eso de: “Cuando un bebe ríe por primera vez, en algún lugar un hada acaba de nacer” ¿Y sabes una cosa? ¡Si, si que es verdad, las hadas existen y están en cualquier lugar!
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Todos creen que las hadas son seres perfectos, sin ningún defecto, y que pueden hacer cualquier cosa con el menor esfuerzo. Y puede que sea verdad; pero si cierras los ojos y viajas con tu imaginación hasta esa segunda estrella a la derecha y vuelas hasta el amanecer, llegarás al campamento de las hadas. Donde un hada muy particular tuvo que esforzarse mas que las demás.


El hada Zay llegó al campamento una primavera, nació de la primera risa de dos hermanas gemelas. Cuando el hada apareció, todo el mundo se sorprendió. Zay no nació con dos alas, como cualquier hada. En su espalda solo tenía el ala derecha, le faltaba su ala izquierda. En ese momento, todos pensaron que la pequeña hada nunca podría volar.

Todos en el campamento prometieron que la cuidarían y la protegerían de cualquier mal, ya que esta pequeña hada no era como las demás: era diferente, tenía una discapacidad.
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El hada Zay creció sana, feliz, rodeada de amigos que la querían y se preocupaban por ella:

  • ¡Ten cuidado Zay, no corras!
  • ¡Ten cuidado Zay, no saltes!
  • ¡Ten cuidado!...¡Ten cuidado!...¡Ten cuidado!

Zay estaba cansada de tanta protección. Ella quería correr, quería trepar, quería saltar; pero lo que mas quería hacer la pequeña hada era volar. ¡Quería volar como las demás!

Un día el hada quiso intentarlo: fue a la pradera de las amapolas y empezó a saltar, moviendo su única ala muy, muy rápido. Aunque no pudo elevarse mucho. Apenas las puntitas de los dedos consiguió despegar del suelo.

Entonces, el hada trepó hasta la rama de un árbol y saltó moviendo muy, muy rápido su pequeña ala; pero no lo consiguió. Se cayó al suelo y se hizo mucho daño.

Todos se preocuparon tanto por el hada, que la cubrieron entera de tiritas, grandes y pequeñitas ¡hasta en las partes en las que ni siquiera tenía heridas!

Sus amigos se enfadaron mucho cuando se enteraron:

  • ¡Ni se te ocurra volver a hacer semejante locura! Eres mas pequeña, débil y frágil que las demás ¿Es que no lo sabes ya? ¡tú no puedes volar!
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Esa noche el hada Zay se acostó en su cama, con lagrimas rodeando su cara, susurrando a las estrellas:
  • Yo sé que puedo, si que puedo.

Desobedeciendo a todos, el hada Zay siguió entrenando por su cuenta: Aunque mil veces se caía, mil veces se levantaba y si se hacia daño, ella misma se curaba. No le importaba cuanto tuviera que esforzarse, ni cuanto tuviera que luchar. Ella haría todo lo posible para hacer su sueño realidad.

Una noche, por un camino cercano, paseaba el hada inventora. Una hada muy mañosa a la que encantaba construir cosas. Cuando descubrió lo que estaba haciendo el hada Zay se conmovió y pensó que podía crear algo para ayudarla.

Días después, el hada inventora llegó a la pradera de las amapolas con su invento. El hada Zay se sorprendió mucho al ver que aquella hada había creado: ¡un ala mecánica para ella!

La pequeña hada se colocó ese invento y empezó a mover las dos alas que ahora tenía en la espalda muy, muy rápido. El hada inventora, al ver que le estaba costando un poco empezó a animarla:

  • ¡Vamos Zay! ¡Yo sé que puedes, sí que puedes!

Las estrellas que aún brillaban en el cielo, y los animales que la habían visto esforzarse tanto, también gritaban con entusiasmo:

  • ¡Vamos Zay! ¡Yo sé que puedes, sí que puedes!

Animada por sus palabras, el hada Zay movió con mas fuerza sus alas y tan rápido, tan rápido las movió ¡que consiguió volar! voló hasta las copas de los árboles, y cruzó las nubes para saludar a las estrellas.
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Todos sus amigos se alegraron mucho al ver que el hada Zay había conseguido volar, y se disculparon por haberla sobre protegido tanto.

Desde ese día, el hada Zay se encarga de ayudar a todas las hadas que nacen con alguna discapacidad. Ya que con esfuerzo y la ayuda de los que les quieren, no habrá barreras para hacer sus sueños realidad.


FIN
Rocío Cumplido González








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