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martes, 15 de diciembre de 2015

Un hogar por navidad


Erase una vez un pequeño pueblo. Algo alejado, pero muy bello. Allí desde los tejados las luciérnagas iluminaban calles enteras. No hacían falta linternas. En Invierno la nieve sabía a algodón de fresa; y los niños corrían felices. La Navidad ya estaba cerca.
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Pero si en algún lugar había un niño perdido, triste o asustado; la dulce voz de un hada lo guiaba hasta una casa encantada. Donde el niño o niña encontraría cobijo, y una rica sopa bien caliente de su sabor favorito.
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Esa casa encantada era la más antigua del pueblo. Era blanca y gris. Muy grande, aunque algo descuidada. Aquella casa tenía habitaciones mágicas; pero la más impresionante era la cocina. En la cual, una amable anciana preparaba toda clase de comidas. Con sólo chasquear los dedos, podía hacer que todo lo que necesitará: cacerolas, verduras, huevos o cucharas llegarán volando hasta ella.

Cada año, en Nochebuena, la anciana preparaba una cena muy especial para todo el que estuviera solo en Navidad. No solo para los niños: Hombres, mujeres, incluso animales que no tenían donde dormir o con quien estar; se acercaban a la casa. Para, aunque fuera por una sola noche sentir que tenían un hogar.
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Pero la noble mujer era muy pobre. Por eso, cuando no podía comprar todo lo que necesitaba, pedía ayuda a sus vecinos. Algunos eran muy generosos. Sin embargo, otras personas no la veían con buenos ojos. Pensaban que aquella obra de buena voluntad sólo atraía a maleantes y a gente de mal.

Una noche de tormenta, llamaron a la puerta. Tin tin tin, tin tin tin. Apenas podía oírse como aquella niña tocaba la campana de la entrada, completamente mojada y con sus manos congeladas. Pero la anciana tenía un don muy especial. Sabía que alguien necesitaba ayuda, que necesitaba un hogar.

Sin dudarlo metió a la niña rápidamente en su casa; la puso junto a la chimenea y la cubrió con mantas. Cuando la pequeña se recuperó, la llevó a una sala llena de camas para que descansara. En aquella sala había literas con dos, tres y diez camas. Algunas literas eran tan altas que ya no sabías si tenían veinte, treinta o cuarenta camas, se perdían en el techo y no podías contarlas.

Cuando la niña despertó, la anciana le preguntó como se llamaba, de donde venía y hacia donde iba; pero la pequeña no recordaba nada: no sabía quien era, ni como se llamaba:

  • Desperté sola en el bosque. Al poco tiempo un hada apareció y me guió hasta aquí con su dulce voz.
  • Entonces te quedarás conmigo.- Dijo la amable mujer.- Este será tu hogar hasta que encontremos a tu familia, deben de estar en algún lugar.
Durante esos días la niña la ayudaba en todo lo que podía: limpiando, recogiendo o leyendo cuentos a los mas pequeños. Incluso la acompañaba al mercado.

En una ocasión, mientras la niña la esperaba en la plaza, escuchó como unos niños cantaban villancicos. La pequeña se acercó, se aprendió la canción en un momento y empezó a cantar con ellos.
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Su voz era tan dulce, tan pura y angelical que todos los que estaban alrededor se acercaron para escucharla cantar. Y tanto les gustó, que cada uno le dio una moneda para que se comprara lo que quisiera. Sin pensárselo dos veces, la pequeña le entregó todo el dinero a la anciana. La mujer muy contenta por tanta generosidad, compró todo lo que necesitaba para ese día tan especial.

- ¡Todo estaba delicioso!- exclamaron los niños y mayores que acudieron esa Nochebuena a cenar. Después de recoger, se sentaron junto a la chimenea para que la anciana les contara un cuento de Navidad. Pero en esta ocasión, la buena mujer le pidió a la niña que cantará un villancico. Los más pequeños se sentaron en el suelo, alrededor de la niña. La pequeña empezó a cantar un villancico precioso: lleno de amor y esperanza para todo el que la necesitara. Su voz era tan hermosa y estaba tan llena de magia, que se abrieron todas las ventanas de la casa.

En ese momento, cerca de allí pasaba un hombre muy preocupado. Había perdido lo mas preciado que tenía, no podía parar de buscarlo. Entonces escucho la dulce voz de la niña y lo supo: - ¡Al fin la había encontrado!

Cuando aquél hombre entro en la casa y vio a su hija cantando, empezó a llorar de alegría. Su pequeña, Estrella estaba a salvo. Cuando la niña vio a su padre en la puerta lo recordó todo: recordó que su nombre era Estrella, que se desvió del camino para ayudar a un animal herido y que era una princesa.

Padre e hija se fundieron en un abrazo con los ojos llenos de lagrimas, muy emocionados.
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Aquel hombre, que era en realidad un rey muy poderoso, dio las gracias a la anciana por cuidar de su hija. Y le prometió que siempre tendría todo lo que necesitará para seguir ayudando a los demás. Para así seguir dándoles el regalo más preciado que podrán encontrar: una familia, amigos y hogar donde poder estar todos juntos en Navidad.

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FIN.

¡FELIZ NAVIDAD!









Rocío Cumplido González

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