sábado, 23 de junio de 2018

# André. Las historias de Sol. # Historias por capítulos

Las mil y una historias de Sol. Capítulo 1.

Las mil y una historias de Sol

Capítulo 1El encontronazo

Cuando mis padres me anunciaron que ese verano pasaría un mes completo de mis vacaciones en casa de nana Nati, me quedó algo muy claro:

— ¡Estos están flipando!

Pasé toda la noche anterior al viaje despierto, deseando que  toda aquella parafernalia, no fuera más que una broma pesada. Sin embargo, mis esperanzas se esfumaron de un plumazo cuando al día siguiente el coche cruzó ese punto en la carretera, donde el asfalto se convierte en tierra.

Apenas habían pasado dos días y ya me aburría. Mi madre, a la que a estas alturas comparaba con una bruja malvada, me había confiscado el móvil y la tablet:

— No sé qué  hacer, esto es un pueblo de cuatro calles mal hechas, ¡si ni siquiera hay internet!

— Solo tienes que salir ahí fuera y utilizar la imaginación— me aconsejaba mi abuela, harta ya de escuchar la misma queja.

A la mañana siguiente, pensé que podía intentar eso de “utilizar la imaginación”. El problema es que lo único que se me ocurrió fue ir al lago a tirarles piedras a los peces. Fue entonces cuando todo cambió. Ese día conocí a Sol.

— ¡Eh tú, para!— gritó una voz entre los matorrales—. ¡Si los asustas se irán y no podré verles bailar!

Sorprendido vi cómo, con algo de dificultad, una niña con coletas y vaqueros sucios, que no podía tener más de siete años, salía de entre los arbustos.

— ¿Quién te crees que eres, eh?— preguntó la niña.

Tenía el pelo castaño y el flequillo le ocultaba un poco sus ojos claros; pero aun así pude ver cómo me lanzaban rayos.

— A mí nadie me dice lo que tengo que hacer, ¿te enteras?— grité en defensa propia.

Con once años, había esquivado con astucia más de un regaño. Incluso he conseguido que sean mis padres los que se acaben disculpando.

—  Tú debes de  ser André, el nieto de nana Nati, ¿verdad?— preguntó observándome de arriba a abajo—. Si, eres exactamente como me imaginaba: delgado como un espárrago y arisco como un gato. Tienes los ojos tristes, como los de los adultos que han dejado de creer en la magia. — ¿A ti te cuentan historias antes de irte a la cama?

Por primera vez en mi vida, me quedé sin habla:

— ¿Quién era esa niña?
— ¿Cómo sabía mi nombre?
— ¿Y por qué llamaba nana a mi abuela?— a menos que mis padres me estuvieran mintiendo, estaba seguro de que yo era su único nieto.

— Todo el pueblo lleva días hablando de ti— respondió la niña. Supongo que mi cara de sorpresa era un poema. — Yo soy Soledad María, aunque todos me llaman Sol, creo que es porque suena más alegre. — ¿Quieres quedarte conmigo y ver como bailan los peces?

— ¡Ni en broma!— exclamé alejándome a toda prisa.

Pero Sol no iba a dejarme escapar. Era muy testaruda y solo, un tiempo después, pude saber el por qué.

Aunque yo era más mayor y alto, a Sol no le costó nada ponerse a mi lado. Me acompañó todo el rato, haciendo más preguntas que un investigador privado.

— ¿Vives en una ciudad muy grande?
— ¿Sabes usar un telescopio?
— ¿Cuántos amigos tienes?
— ¿Te gusta usar los números pares o prefieres los impares?

En ese momento no entendí a que venía esa pregunta tan rara:

— ¿Por qué no te vas a jugar con alguien de tu edad?—pregunté aligerando el paso.

— Porque no hay nadie más de mi edad por aquí—respondió Sol, acelerando para ponerse de nuevo a mi lado—. Soy la única niña del pueblo.
— ¡Oye tengo una idea!— ¿Qué te parece si nos hacemos amigos?— ¡Así podrías jugar conmigo!

— Creo que prefiero ver el telediario, antes que pasarme el verano jugando con una niña pequeña—contesté de mal humor.

— Buenas tardes Sol—  saludó nana Nati al verla. Nana nunca se acordaba de que era muy mayor. Se había pasado media tarde regando las macetas de la pared y todo ese cansancio, hacía que se le notarán más las arrugas de la piel.

— André por favor lleva el cubo al patio, me he pasado echándole agua y ahora pesa demasiado.

Sé que no me lo pidió como una orden; pero aun así me cabreé. Había pasado todo el camino de vuelta a casa aguantando a esa niñata ¿y ahora nana me pedía que la ayudara?
Sin poder controlarme le di una patada al cubo de agua y entré en la casa sin decir nada.

Durante la cena, intenté explicarle a nana que la culpa de todo la tenía Sol:
— No dejó de molestarme y de hacerme preguntas extrañas. — Nana… ¿Quién es esa niña tan rara?

Nana me explicó, que los padres de Sol eran carpinteros y los más jóvenes del pueblo. Adoptaron a Sol con un año y al ser la única niña del pueblo, los más ancianos eran como sus abuelos.

— Se levanta muy temprano para ir a sus casas a ayudarlos— afirmó.
— Seguro que lo hace para sacarles el dinero—protesté enfadado.
— No—respondió nana—. Cuando alguien intenta darle una moneda ella la rechaza, dice: “No gracias, cuénteme una historia de su pasado y el pago estará saldado.”

— Menudo bicho raro — dije mientras dejaba los cubiertos en el fregadero. — ¿Puedo ver la tele un rato, mientras tú friegas los platos?

Antes de que le diera tiempo a contestar, cogí el mando de la tele y cambié ese “educativo” concurso de letras por algo (para mi gusto) más interesante:

— No sé qué le ves a esos muñecajos tan mal educados— protestó nana cuando, de los viejos altavoces del televisor, comenzó a sonar la inconfundible canción de mi serie de dibujos favorita.

— ¡Así es como habla la gente normal!

Estaba muy harto de que nana se metiera con mis dibujos animados. ¿Es qué no entendía que ese programa me hacía olvidar por un momento que no estaba en casa? Pero quizás era mejor no estar en casa ahora. Sobre todo a esta hora.

Cuando terminó el segundo capítulo y antes de que empezara el tercero, nana me arrebató el mando de las manos y apagó el televisor:
— Vete a la cama André.
— ¡Venga hombre no seas plasta!—protesté. — ¡Estoy de vacaciones y no son ni las doce!

La forma en la que me miró nana, me hizo desear tener una capa de invisibilidad. De sus ojos salían chispas y supe que había traspasado una fina línea.

— Mañana voy a despertarte temprano, para que me ayudes en el campo. Así que vete a acostarte ya.
— ¡Si hombre!
— ¡No me llames hombre! Soy tu abuela y no voy a seguir tolerando ni ese vocabulario, ni tu comportamiento de niño mimado. A partir de mañana y hasta que tus padres vuelvan, vas a ayudarme en las tareas.

— ¿Es que no has oído hablar de la explotación infantil? —No sabía ni hacer la cama, ¿cómo iba a cuidar de las gallinas o el huerto?— No, ni hablar, no pienso hacerlo. Si tengo que mover el armario para bloquear la puerta de mi cuarto, te aseguro que lo haré.

— Haz lo que quieras— contestó nana muy seria. — En dos semanas es la feria del pueblo. Vienen  muchas atracciones y supongo que querrás dinero.

El gato de Don Claudio estaba en la ventana mirándonos (a nosotros o a las sobras de pescado) y hasta él se dio cuenta, de que mi abuela me estaba chantajeando.

— ¿Por qué no me das el dinero y ya?— oye por preguntar…
— Porque es hora de que aprendas que los premios se tienen que ganar.

Sin decir nada más, nana  apagó la luz de la lámpara colgante, se fue a dormir y yo hice lo mismo. Sabía que de esta no me iba a librar, ni pidiendo un deseo a una estrella fugaz.


Rocío Cumplido González (c)



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2 comentarios:

  1. que buena historia! Ya quiero leer mas,se me ha hecho muy cortito,no puedo esperar a ver como Sol "arregla" a ese chamaco! me encanta!!!

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  2. Buenísima! Y además engancha! Ya quiero leer el siguiente. Enhorabuena! ��

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