sábado, 7 de julio de 2018

# André. Las historias de Sol. # Las mil y una historias de Sol

Las mil y una Historias de Sol. Capítulo 3.

 (c) 2018 Rocío Cumplido González

Capítulo 3: ¿De tal palo, tal astilla?

Sol vivía a la entrada del pueblo, al lado de la carretera de acceso, donde una línea en el suelo separa el asfalto nuevo del más viejo.

Para llegar a su casa había que pasar forzosamente por un taller, cuya fachada cubrían unos ladrillos rojos que era imposible no ver.

— ¿Pero qué haces?— pregunté al verla agacharse para pasar por debajo de la ventana.
— ¡Shhhhh! Habla más bajo o me pillarán —
— Creo que ya es tarde para eso

Cómo no miraba por donde iba, Sol no se dio cuenta de que alguien salía por la puerta del taller. Levantó la vista y sonrió a quién se interponía en su camino. Al ver su barba y sus vaqueros sucios, cubiertos de serrín, supe que tenían que ser de la misma familia.

— Hola papá Mario— saludó Sol mientras se ponía derecha. — ¿Te has recortado otra vez la barba?— ¡Estás muy guapo!

Sol intentó pasar de largo, como si nada hubiera pasado; pero su padre la cogió por detrás del cuello de la camiseta, obligándola a dar media vuelta.

Pasaron unos segundos mirándose en silencio, como si hablaran en un lenguaje secreto. Me recordaron a esos peces del lago que parecían bailar, al son de una música que nadie más podía escuchar.

— Vas a llamar a la señorita Maite y le pedirás perdón, ¿capichi?
— Capichi— contestó Sol con la mirada en el suelo. Su padre le hizo levantar la cabeza y la besó en la frente.
— Si te esforzaras con las matemáticas, tanto como en encontrar historias para tu libreta de cuentos…

Tras ajustarle un poco las coletas a su hija, el hombre de gruesa barba marrón se me acercó:
—Así que tú eres el muchacho del que mi hija no deja de hablar. Soy Mario, encantado de conocerte.

Me sorprendió ver como extendía su mano y la sostenía en el aire esperándome.
— ¿Es que me vas a dejar colgado?— preguntó al cabo de un rato.

Le estreché la mano con algo de torpeza y sin mucha fuerza. Por primera vez en mi vida un adulto me trataba como a un igual y eso me gustó.

—Si mamá estuviera aquí— pensé. — La obligaría a que  me escuchara y le diría que no puede decidir por mí, que tengo derecho a opinar.

— Yo André— conseguí decir.

— ¿Ya ha vuelto la rebelde?— preguntó un hombre, sacando la cabeza por la ventana del taller. — Íbamos a llamar a una patrulla de rescate; pero luego pensamos que volverías en cuanto tuvieras hambre.

Unos segundos después aquel hombre de pelo rubio y rizado salió de la capintería; y tal  y cómo había pasado un momento antes, extendió su mano para saludarme.

—  ¡Así que tú eres el famoso André!— exclamó, exagerando un poco con la voz. — Yo soy Diego, el padre de este pozo sin fondo. Un consejo… nunca la invites a comer nada ¡sale muy cara!

— ¡Papá Diego!— exclamó Sol avergonzada.

— ¡Ja! atrévete a decir que no es verdad —  dijo su papá mientras cogía a Sol para montarla sobre sus hombros.

— Vamos André acompáñanos a casa, te invitamos a una granizada.
—Yo… no se moleste, gracias, no hace falta.

No sé qué me pasó. Un rato antes tenía muchas ganas de conocer la casa de Sol; pero en ese momento me sentí tan avergonzado, que solo quería correr a casa para encerrarme en mi cuarto.

— No es ninguna molestia— afirmó Mario.
— Vamos no te hagas el remolón— añadió Diego. — Además, tenemos que compensarte por aguantar a este bichejo malcriado. Seguro que ya te ha aplicado el sexto grado.

Ahí entendí de quién había sacado Sol  su poder de convicción. Diego también sabía poner esos ojos de cordero degollado. Me fijé en que eran verdes, con manchas marrones.

— ¡Por fa!— me pidió Sol poniendo esa carita de “no me puedes decir que no”. — Tenemos granizadas de naranja, limón y fresa.

Finalmente acepté. Admitámoslo… ¡a esta niña es imposible decirle que no!

Nada más entrar me quedó claro que esta familia no sabía lo que era una pared. Todo estaba a la vista. Entrabas y ahí tenías la cocina. Al otro lado el comedor y apartada en un rincón, un televisor cubierto de polvo.

— No solemos encenderla en verano— comentó Mario al ver hacía donde estaba mirando.

— Ahora el cielo estrellado, es el mejor espectáculo— dijo Sol señalando las puertas de cristal que llevaban hacía el jardín trasero. A través de ellos pude ver que tenían un telescopio grande, de color azul.

— Esta noche hay Luna llena— aseguró Diego. — Si nana Nati te deja, puedes venir a cenar. Aprovecharemos para observar la Luna, contar estrellas y descubrir constelaciones nuevas.

— ¿Constelaciones nuevas?— pregunté sorprendido. — ¿No están todas descubiertas?
— ¡Para nada!—aseguró con una sonrisa. — En el universo hay mucho más de lo que a primera vista se puede apreciar. Solo tienes que saber a dónde mirar.

En cuanto terminé la granizada de limón me fui a casa para buscar a nana.

— ¿Y de verdad quieres ir? — me preguntó nana como si no pudiera creer lo que acababa de oír.

Me encogí de hombros sin decir una palabra. La verdad era que ni siquiera yo sabía lo que quería. Aquellos tres eran una familia que se adoraba y eso en el fondo me repateaba.

— Tu madre ha llamado hace un rato— dijo nana observándome. — Me ha dicho que  te diga que te llamará más tarde, que hay algo importante que quiere comentarte.

De repente sentí que algo me oprimía el pecho. Me ahogaba, como si estuviera bajo el agua y no pudiera respirar:

— No, no, no, no podía ser.
— ¿Ya?
— ¿Tan pronto?
— No, no, ¡imposible!
— Apenas ha pasado una semana ¿Cómo puede haberse decidido ya?
— ¿Es tan cobarde que va hacerlo por teléfono?
— ¡No va a decírmelo a la cara!
— ¡No quiere saber lo que pienso!

Cuando quise darme cuenta, nana estaba delante de mí, abrazándome.

— Respira profundamente André— dijo apartándose para mirarme.
— Eso es, ahora inspira.
— Aguanta un momento… un, dos, tres, expulsa todo el aire.

Cuando se aseguró de que respiraba con normalidad, se levantó. No me había dado cuenta de que estaba en cuclillas. Al hacerlo cerró los ojos y se masajeó la rodilla. Estaba claro que aún le dolía.

— ¿A dónde vas? — pregunté agarrándola con fuerza de la muñeca. — No quería que se marchara, no quería estar solo, la necesitaba.

— Tranquilo André— dijo acariciándome la mejilla. — Sólo voy a traerte un vaso de agua.

La solté al mismo tiempo que aguantaba las lágrimas. Me sentía tan estúpido:

— Idiota— me regañé a mí mismo. — Soy el rey de los idiotas. En cuanto llame mamá, nana se lo contará y sabrá que no han podido ocultarme la verdad.

De repente, me di cuenta de que no había tenido ningún ataque de ansiedad desde que llegué al pueblo. Desde que no estoy con ellos.

No pude evitar que aquello me hiciera recordar mi primer ataque de ansiedad. No estoy seguro de qué horas eran. Solo que era tarde, de madrugada y que estaba en la cama cuando sus voces me despertaron.

— ¡Quieres no hablar tan alto Fernando! ¡Vas a despertarlo!
— ¡Ja! ¿No me digas que ahora te importa André?— escuché preguntar a mi padre.
— ¡Por favor Fernando baja la voz!— le suplicó mi madre. — No quiero que André se entere, no todavía.

Pero sí que me enteré. Me enteré de todo escondido detrás de la puerta que unía el comedor, con el pasillo que llevaba a los dormitorios.

Mi madre le admitió algo a mi padre. Una terrible verdad que me negaba a aceptar y mucho menos recordar. Aunque eso nunca me impidió volver a mi escondrijo para escuchar sus discusiones.

Casi siempre hablaban de ellos. De su relación, sus sentimientos; pero también de mí, de como aceptaría los cambios que estaban por venir.

— Elena, por favor— escuché decir a mi padre unos días antes del viaje. — No puedes tomar esta decisión tan a la tremenda. Tomémonos un tiempo. ¿Por qué no nos vamos de vacaciones? ¿Por qué no intentamos arreglar lo nuestro?

Dejé mi puesto de espionaje antes de escuchar, que yo no estaba incluido en ese paquete vacacional, del que mi padre no dejó de hablar en los días siguientes.

Se le veía tan ilusionado. Como si aquel viaje fuera a arreglarlo todo. Yo los miraba a ambos e intentaba averiar, a cuál de los dos me parecía más.

— ¿Soy tan optimista como papá? ¿O tan decidida como mamá?

Me bebí el vaso de agua de un trago y encendí el televisor. Tenía que alejar como fuera, esos recuerdos de mi cabeza. En eso los dibujos animados eran lo mejor (al menos para mí). Ellos habían sido mi salvación. Me hacían viajar a otros mundos a los que; el miedo a las llamadas de mi madre y la ansiedad, no podían llegar.

Creo que esa tarde nana entendió también que lo necesitaba, porque no me pidió que cambiara el canal, ni lo apagara.

— ¿Vas a ir al final a cenar a casa de Sol?— me preguntó aprovechando que empezaban los anuncios.

— No tengo ganas— respondí sinceramente. — Creo que me voy a ir pronto a la cama.

En estos días había aprendido a leer las miradas de nana y esta decía claramente “sería bueno que te despejaras”; pero por una vez, decidió no decir lo que pensaba.

— Seguramente ya se están preparando para cenar— aseguró. — El número de su casa está al lado del teléfono. Llama y avisa de que no vas a ir.

El teléfono de nana era prehistórico. Parecía una calabaza. — ¡Hasta era de color naranja!— Además, tenía una rueda en el medio con muchos agujeros en la que había que meter el dedo.

Antes de descolgar, intente recordar cómo funcionaba. Nana me lo explicó; pero la verdad… no le preste mucha atención.

— Tengo que descolgar, meter el dedo en el número y….

El teléfono empezó a sonar.

“Ring, Ring, Ring”
“Ring, Ring, Ring”
“Ring, Ring, Ring”

No me hizo falta que a esta chatarra le faltara un identificador de llamadas, para saber que era mi madre. Siempre llamaba antes de cenar.

Tenía que haberlo cogido. Tenía que haberle dicho todo lo que pensaba de ella. Pero no tuve valor. Entré en la cocina para decirle a nana que había cambiado de opinión y me fui corriendo a casa de Sol.

Pixabay


Continuara

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2 comentarios:

  1. Me he quedado boquiabierta! Me encanta como vas descubriendo los hilos de la historia y comenzamos a comprender mejor a los personajes. Es una historia maravillosa y ya quiero ver que sigue!! Excelente trabajo!

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