domingo, 22 de marzo de 2020

Cada vez que leas

19:40:00 1 Comments

Rocío Cumplido González (cc)2020 #quedateencasa   #cuentoinfantil  #lecturasqueunen


Cada vez que leas

— ¡Me aburro, me re-aburro y me re-que-te-aburro!

Hugo estaba más que harto de estar en casa, de ver la tele, de jugar con todos los juguetes que acumulaba en su habitación y se negaba a tirar. Estaba cansado de trastear con la tablet y los móviles de sus padres. ¡Ni con los vídeos de youtube conseguía entretenerse!

— ¡Son todos iguales!— se quejó a la cuarta y quinta vez que su padre le puso el móvil por delante.

Pero Hugo no podía salir a la calle y no porque le hubieran castigado sus padres.

Un día por la mañana empezó a llover y al día siguiente también…, y el día después de aquel más llovió otra vez…, y así pasaron muchos más días y la lluvia nada, que no se iba.

Los colegios y las tiendas habían tenido que cerrar. Parecía que el mundo había dejado de girar y los días eran más largos de lo normal.

— ¿Por qué no lees un libro?—preguntó su madre mientras ojeaba por tercera vez la misma revista.

— ¡¿Leer?!

Para Hugo, eso era poco menos que un insulto.

— ¿Qué te crees?, ¿qué soy un ratón de biblioteca?

— Yo tengo uno que quizás te gustaría—afirmó su madre con una sonrisa pícara. Era como si supiera un secreto, que nadie más conocía—. Esta noche te lo prestaré.

Aquella noche cuando Hugo entró en su habitación, el libro fue en lo primero que se fijó.

— ¿Un libro de cuentos de hadas?— preguntó a la nada; pero en voz muy alta.

Enfadado, tiró el libro al otro extremo del cuarto.

— ¡Yo soy un chico!, ¡no leo estas cosas!, ¡no leo y punto pelota!

— ¿Y por qué no?— preguntó de repente una voz —. Solo son historias que un día alguien se inventó.

Hugo se quedó tieso como un palo, sin saber de dónde provenía  la voz, hasta que escuchó un “toc, toc, toc”.

Abrió la puerta de su cuarto; pero allí no estaban ni su papá, ni su mamá y el “toc, toc, toc” se volvió a escuchar.

El chico abrió todos los cajones de su cuarto y las puertas de su armario; pero el “toc, toc, toc” seguía sonando… — ¡Ya no sé por dónde buscar!

— Estoy justo aquí— dijo la voz—. Baja los ojos y mira al frente, ¿estoy justo delante de ti y no puedes verme?

Con algo de miedo, Hugo miró hacía abajo y ahora el “toc, toc, toc” se escuchó más fuerte y claro.”

— ¿Estás dentro del libro de mamá?—preguntó con el libro ya en sus manos.

— ¡Pues claro que estoy en el libro!—exclamó la voz, ofendida —.  ¿Dónde más podría estar? ¡Venga!, ¡abre la tapa ya o el mago de las pesadillas me atrapará!

Hugo hizo lo que voz mandona le pidió. Abrió la tapa del libro y  envuelto en un huracán de humo y estrellas salió de su interior; una niña o quizás era un niño, con un disfraz de pirata. También tenía una nariz de payaso, llevaba unas alas de hada en la espalda, unos zapatos de brujo o bruja en los pies  y un casco de astronauta en la cabeza.

— ¿Quién… o qué eres tú?—preguntó Hugo, quién en medio de todo aquel ajetreo ya se había subido encima de la cama.

— Aún no lo sé—afirmó ese niño o niña mirándose las piernas, brazos y manos—. Creo que de momento mi nombre será….

Y se quedó un buen rato pensándolo.

— ¡Mi nombre será “Quién sea”!

— ¿“Quién sea”?—preguntó Hugo, que había cogido la almohada para usarla de escudo—. ¿Qué clase de nombre tan ridículo es ese?

 — ¡A mí me gusta!—gritó ofendida u ofendido—. ¡Es un nombre genial  y no me lo voy a cambiar!

“Quién sea” recogió el libro y se sentó  en el suelo, dándole la espalda a Hugo y se quedó ahí quieto o quieta menos de cinco segundos.

— Ya me he aburrido de sentirme mal— dijo corriendo hasta  una montaña de juguetes que Hugo tenía “ordenados” en un rincón.

— Este no sirve para jugar— afirmó “Quién sea” de todos y cada uno de los modernos juguetes del niño.

Despacito y con mucho, mucho sigilo, Hugo sacó el edredón de la cama y se acercó a “Quien sea” por la espalda.

Antes de que el niño cayera con el edredón encima de su cabeza; “Quién sea” dio una voltereta en el aire y desapareció. Haciendo que Hugo diera con la nariz en el suelo.

— ¡Me encanta jugar al pilla, pilla!

“Quién sea” había re-aparecido en una de las estanterías que hay encima de la cama de Hugo y allí, bajo mucho polvo, encontró  algunos libros que diferentes personas le habían regalado al niño; pero él nunca los había leído.

— ¡Yo he estado dentro de esta historia!—afirmó “Quién sea” eufórico o eufórica. — Fui el rey Arturo, y Lancelot, y el mago Merlín. ¡Incluso me convertí en la dama del lago!

Con un rápido movimiento, saltó de la estantería al suelo y cogió el libro de cuentos.

— ¡Vamos a leer!

— ¡No!—gritó Hugo desesperado—. No voy a leer y menos a una cosa que se ha colado en mi cuarto y no sé quién, o qué es.

En ese momento el rostro de “Quién sea” cambió. Sus ojos se entristecieron y su sonrisa desapareció.

— Yo no me he colado—sentenció mirando como sus manos empezaban a desaparecer—. Yo siempre he estado aquí, dentro de cada historia y libro. Soy quién tú quieres que sea, cuando imaginas lo que lees.

Ahora sus pies también estaban desapareciendo. Se convertían rápidamente en polvo de estrellas y se difuminaban en un vacío eterno.

 —Si no coges el libro y empiezas pronto a leer desapareceré. ¡Nadie nunca sabrá lo divertido que es imaginar y leer!

¡Por favor cógelo!

¡Por favor!

¡Por favor!

¡Por favor!

Sintiéndose muy culpable Hugo cogió el libro y empezó a leer. Primero la historia de un payaso que quería ser astronauta y cómo; es engañado por un malvado mago que quiere robarles a los niños su sonrisa.

Después continuó con la historia de un hada con una discapacidad. Solo tenía un ala y su mayor sueño era volar.

Imaginando que “Quién sea” era todos y cada uno de los personajes; le leyó muchas historias más: la de una dama que tenía el pelo plateado, vivía en la luna y deseaba amar y la de Valiente: un monstruo que vivía en un mundo que hay debajo de tu cama, y tenía miedo de los demás.

— ¡Ya vuelvo a ser yo!—gritó “Quién sea” balanceando sus manos y sus pies.

Sin embargo Hugo no paró y siguió leyendo cuentos; viviendo miles de vidas y aventuras en una sola página.

— ¡Lo hemos terminado!— exclamó “Quién sea” con los brazos triunfantes y en alto.

— Eso parece—confirmó Hugo no tan contento y, resistiéndose a cerrar el libro.

— ¡Que tarde es ya!—gritó de repente “Quién sea”—. ¡Tienes que irte a la cama y ya!

Antes de que Hugo pudiera parpadear, “Quién sea” ya había deshecho su cama.

— ¿Y tú dónde irás?—preguntó Hugo casi en un susurro. No quería despedirse de “Quién sea”. No quería que su nueva amiga o amigo se fuera.

— Estaré donde siempre—confirmó saltando a la estantería donde se apilaban aquellos libros olvidados—. Estaré justo aquí cada vez que leas, aunque a veces no me veas.

Y desde entonces; Hugo no paró de leer y “Quién sea” siempre estuvo junto a él. Le hizo compañía en los días de lluvia y en los que volvió a salir el sol y todo iba bien.


Fin.


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sábado, 1 de febrero de 2020

Hermanas de corazón

19:52:00 0 Comments

(cc) 2020 Rocío Cumplido González #cuentoinfantil #cuentojuvenil #Sanvalentín

Hermanas de corazón


Milenios y eras atrás, cuando no se habían inventado los relojes, ni existían horas que contar. Nacieron tres diosas muy poderosas; aunque sus aventuras ya  han sido olvidadas por la historia.

Tarsemi, Perfana y Fimare vigilaban y cuidaban de un planeta Tierra que casi acababa de nacer. Donde los primeros humanos recién habían aprendido a caminar de pie.

Año tras año, se fueron creando nuevos poblados y asentamientos humanos. Los primeros instrumentos musicales dieron lugar a hermosas canciones, que nunca más volveremos a escuchar. Los niños inventaron sencillos juegos, que aún hoy día siguen existiendo. Todo era absoluta y maravillosamente perfecto.

Hasta que un día… dejo de serlo.

Perfana se enamoró de un joven con una gran curiosidad. Quería conocer todos los secretos de este planeta, que nunca podría recorrer entero y ella encantada; le explicaba cada curioso detalle, de cada rincón.

Un día, la diosa decidió renunciar a sus poderes para convertirse en un ser humano y  así, poder compartir juntos todas las maravillas del mundo.

— Prometo que nunca me olvidaré de vosotras dos— dijo abrazándolas. —Siempre os llevaré en mi corazón.

Al principio Perfana cumplió su promesa. Visitaba a las diosas a diario y algunas de esas veces, pasaban el día riendo y hablando. Parecía que en verdad, nada había cambiado.

Sin embargo con el tiempo, las diosas se percataron de cómo, poco a poco, Perfana se iba alejando y prefería pasar más tiempo en su nuevo hogar, junto a la nueva familia que acababa de formar. Así fue cómo terminó por olvidar; que alguna vez fue la más poderosa diosa que el mundo conocerá.

Esto creo una pequeña grieta en el corazón de Fimare.

— Yo nunca te abandonaré— afirmó la diosa a Tarsemi. — Juntas cuidaremos del mundo y lo veremos crecer.

Pero cómo muchos humanos han dicho alguna vez: — “nunca digas de esta agua no beberé.”
Aunque no estaba en sus planes, Fimare acabó enamorándose de una mujer cuyo ingenio y perspicacia, siempre conseguían hacerla reír a carcajadas.

— Ve junto a ella — la animo Tarsemi, sabiendo que eso era lo que Fimare deseaba hacer en realidad. — No renuncies a la felicidad.

Al igual que Perfana, Fimare prometió a la diosa que jamás se olvidaría de ella y que la llevaría en su corazón allá donde fuera.

Pero igual que la vez anterior, aquella promesa duró un latido… o tal vez dos.

Al final Fimare también prefería estar rodeada de las personas que formaban su nuevo hogar, terminando por olvidar, que fue otra de las más poderosas diosas que el mundo conocerá.

A pesar de que ahora tenía todo un planeta para ella sola que cuidar, Tarsemi siempre se las apañaba para visitarlas. No obstante, por algún motivo que no lograba entender,  nunca conseguía verlas a las dos a la vez.

Hasta que un día supo el por qué…

Aquella pequeña grieta en el corazón de Fimare, se había vuelto más grande. Las ex – diosas siempre estaban de pelea y como consecuencia, los dos pueblos entraron en guerra.

En ese momento, fue el  de Tarsemi el que en mil pedazos se rompió.

Y es que ninguna se había dado cuenta; pero cada vez que la diosa tenía que lidiar entre ellas dos, una grieta muy profunda se formaba en su corazón.

Al sentirse vacía y sin nada por lo que valiera la pena luchar, Tarsemi se transformó en una montaña rocosa que nadie podría escalar. Dejó a un planeta Tierra salvaje solo y sumergido en la oscuridad.

Al ver lo que sus tontas peleas habían provocado, Perfana y Fimare enterraron el hacha de guerra y unieron sus fuerzas.

— ¿Y cómo lo haremos?— preguntó Fimare una vez llegaron al pie de la montaña. — Es demasiado alta, no podemos escalarla.

— Eso no hará falta— aseguró Perfana.

Usando un antiguo conjuro que los magos del futuro nunca llegarán a aprender, cada una de las diosas extrajo de su interior; un fragmento de su propio corazón.

Fimare fue la primera en acercarse. Tocó la fría pared de rocas y le susurró a la montaña.

— No volveré a ser tan testaruda. Tú y yo siempre juntas.

Y su fragmento  desapareció en el interior.

Un segundo después, Perfana estaba también frente a la montaña junto a Fimare.

— El rencor nunca me volverá a cegar. Juntas las tres hasta la eternidad.

Y  su fragmento también, desapareció en el interior.

Dentro de la montaña, en una completa oscuridad, los dos fragmentos atravesaron cada estrecho recoveco, hueco y rincón hasta llegar a su destino, gracias a la magia del amor.
Entonces la montaña se iluminó y poco a poco desapareció.

Cuando cayó la última roca, las tres se reunieron en un abrazo y prometieron; que nada ni nadie las separaría de nuevo.

Y aunque cada una volvió a donde le pertenecía; esta vez lo hicieron convertidas en amigas. O como se decía en la antigüedad, en “hermanas de corazón”. Ya que siempre llevas un poquito de ellas en tu interior.
Encontrada en Google

Fin.


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lunes, 6 de enero de 2020

¡Solo es un juguete!

14:37:00 0 Comments
(cc) 2020 Rocío Cumplido González #cuentosNavidad #cuentoinfantil #happyreadingchristmas


¡Solo es un juguete!

Bajo la luz de la luna y el brillo de las estrellas, cientos de hadas se reúnen para contar cuentos, historias y leyendas.

Una vez que terminan salen volando y viajan por este mundo, y a los mundos que los humanos aún no hemos llegado.

Tú como siempre, has caído en el más profundo de los sueños. No te has dado cuenta de que un hada ha entrado por el hueco de la ventana y ahora, está sentada en una esquina de tu almohada.

Va a narrarte la historia que otra hada le contó. La historia de Laro y el juguete que deseaba tener; pero nunca pidió.

******************

Laro corrió por las calles empedradas del pueblo, tan rápido como sus piernas le permitían ya que, cuanto antes llegase a la panadería y recogiera el mandado, antes podría ir a donde de verdad quería.

— ¡Mira por donde pisas!— le regañó el zapatero cuando sin darse cuenta, el niño aplastó un par de zapatos que tenía expuestos en la puerta.

Sin detenerse Laro se disculpó, aunque ya estaba dando la vuelta a la esquina y el zapatero ni se enteró.

Al cruzar la plaza Mayor sus pies pasaron de correr a volar. Nada, ni nadie le podría parar.
Excepto un hombre que salía en ese momento de la panadería. Chocó contra Laro, consiguiendo que cayera de espaldas y se hiciera daño contra las piedras de la calzada.

— ¡Lo siento mucho!— se disculpó enseguida, ayudando a Laro a ponerse de pie. — Iba pensando en mis cosas y no te he visto.

— ¿Qué le ha hecho al niño?— quiso saber el panadero, quien lo había visto todo y salió a socorrerlo. — Seguro que querías robarle el dinero. ¡Al ladrón!, ¡al ladrón!

Asustado ante la idea de ser apresado, el hombre salió disparado calle abajo, perdiéndose entre la multitud de vecinos que muy ocupados; daban los últimos retoques a las cabalgatas de los tres reyes magos.

— ¡Estos mendigos!—refunfuñó el panadero. — No saben hacer otra cosa que pedir o robar dinero.

Laro intentó explicarle que no había pasado nada de eso; pero el panadero no le escuchó. A él le gustaba más su propia versión, así que el niño se limitó a recoger el roscón de reyes y decirle adiós.

De nuevo en la calle, Laro fue directo a su lugar favorito en todo el pueblo. Solo tenía que pasar por el bar del viejo Romeo, cruzar la calle delante de la casa con la puerta azul y allí estaba, la juguetería “Mundo de sonrisas”. Se quedó con la nariz pegada al escaparate y sus ojos se iluminaron cuando se encontraron al fin, con el juguete que deseaba tener; pero que nunca se atrevía a pedir.

— ¿Por qué todos dicen que no es para niños?— pensó sin perder de vista a la muñeca. Dentro de la tienda, una niña jugaba con ella y se la veía tan contenta.

— Porque han olvidado lo que se siente— respondió alguien a su espalda.

Al girarse por el susto, Laro descubrió al hombre con el que había chocado al llegar a la panadería.

— Siento mucho lo de antes— se adelantó al decir  mientras se fijaba en la muñeca que Laro quería. La niña la había puesto de nuevo en la estantería. — Solo quería pedirle algunos mendrugos de pan duro para el camello de mi amigo Melchor; pero el panadero me dijo que no.

El hombre rió y a los pocos segundos Laro le acompaño; sin estar muy seguro de si aquello era verdad o no.

— ¿Qué es lo que han olvidado?— preguntó el niño una vez que se sentaron en la acera.

Con delicadeza, el hombre sacó del bolsillo de su chaqueta un pequeño muñeco fabricado con pinzas de tender la ropa y trozos de tela.

— Han olvidado lo que se siente cuando eres pequeño y solo quieres jugar. — respondió entregándole el muñeco al niño. — Cuando no sientes vergüenza, porque sabes que un juguete solo es un juguete y nada más.

Laro sintió como sus mejillas se ponían coloradas. No se atrevía ni a mirar al hombre a la cara.

— Tengo que volver a casa ya— afirmó el chico devolviéndole el muñeco y recogiendo el roscón.

Laro regresó a su casa sintiéndose muy mal y se prometió, que no volvería a la juguetería a ver a la muñeca nunca jamás.

***********

Al día siguiente, en la plaza Mayor, todos los niños y niñas se abrían paso hasta la primera fila. Los magos de Oriente estaban a punto de llegar y ya no aguantaban más.

 — ¡Queremos que vengan ya!

Laro también estaba allí; aunque un poquito más atrás.

— ¿Por qué no quieres ponerte delante?— preguntó preocupado su padre.

El niño le mintió diciéndole que ya era muy mayor para eso. No quería admitir la verdad y esta era; que aún sentía vergüenza de que alguien descubriera que quería una muñeca.

— ¡Ya vienen!, ¡ya vienen!— gritaron varios niños desde la fuente.

La carroza de Baltasar fue la primera en llegar; lanzando cientos de caramelos, que los vecinos del pueblo recogieron con los paraguas del revés y bien abiertos.

La siguiente fue la de Gaspar y pasó más o menos igual; pero fue Melchor quién más llamó la atención.

El rey mago iba caminando, acompañado de varios pajes que le ayudaban a repartir regalos.

— ¿Eres tú de verdad?— preguntó Laro al paje real que le entregó su regalo.

Aquel paje era exactamente igual, que el hombre que había conocido el día anterior frente a la juguetería.

Sin decir nada el hombre sonrió, le guiño un ojo y se marchó.

Las manos de Laro empezaron a temblar. Estaba seguro de que debajo de ese papel tan bonito estaba la muñeca que quería tener; pero no se había atrevido a pedir.

Laro no aguantaba más la curiosidad.

— ¿Será ese el regalo?, ¿será ese de verdad?

El niño aprovechó que su padre estaba entretenido charlando con un viejo amigo, para escabullirse hasta un callejón cercano.

— Aquí nadie me verá abrir mi regalo.

Fue entonces cuando se dio cuenta, de que allí también había una niña. Lloraba escondida detrás de unas cajas de cartón.

— ¿Estás bien?— preguntó apoyando la mano en su hombro.

La niña, quien pensaba que allí nadie la iba a encontrar, se levantó y se alejó asustada de Laro.

— ¿No os habéis burlado ya bastante de mí?— le reclamó llorando.

En aquel momento, Laro se dio cuenta de que la niña tenía entre sus brazos un precioso coche de carreras.

— Ese no es un juguete para niñas— dijo sabiendo que al momento se arrepentiría.

— ¿A si?, ¡no me digas!—gritó molesta. — ¡Me pregunto quién se inventó semejante tontería!

Entonces, Laro recordó las palabras del hombre misterioso que conoció el día anterior.

— Seguramente, fue alguien que se olvidó de que un juguete solo es un juguete y nada más.

Decidido; el niño abrió por fin el regalo que el paje real le había entregado y esa era: la muñeca que deseaba tener; pero le había dado vergüenza pedir. Aunque esta tenía un pequeño accesorio que no había visto en la juguetería.

Dentro de la caja, junto a la muñeca, había otro muñeco algo más pequeño. Hecho con pinzas de tender la ropa y trozos de tela.

— ¿Quieres jugar conmigo?— preguntó Laro tendiéndole la mano.

Y así fue como los dos niños  corrieron juntos a la plaza, para jugar delante de todos y sin sentir vergüenza, con una muñeca y coche de carreras. Ellos solo se preocuparon de disfrutar de la tarde y jugar. Saben que un juguete, solo es un juguete y nada más.


Fin.

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miércoles, 25 de diciembre de 2019

El elfo más veloz

13:28:00 0 Comments

© 2019 Rocío Cumplido #cuentosNavidad #cuentosinfantiles #rimas #poemas

El elfo más veloz

Lejos, muy lejos,
donde siempre es Navidad.

Hay una aldea llena de magia.

Allí, todo puede pasar.

Las luces de las casas,
poco a poco se van apagando.

Los elfos al fin descansan.

Ha sido un año de duro trabajo.

Y es que aunque las cartas no llegan,
hasta que Septiembre dice adiós.
Ellos lo han preparado todo,
para que luego, no les cace el reloj.

Uno de ellos es Rino
y es, el elfo más veloz.

Duerme junto a la chimenea,
con un ojo abierto y el otro no.

Está a punto de entrar al mundo de los sueños,
donde una aventura lo llevará a un mundo nuevo.

Justo entonces, se abre la puerta de sopetón.

Entra un regalo volando,
rompiendo cada vaso, cuadro y jarrón.

Se ha caído del trineo de Santa
y ahora, no sabe cómo llegar a su nueva casa.

¡Piensa Rino!

¡Piensa algo rápido!

No puedes esperar a Santa,
no puedes esperar a que cada regalo esté en su casa.

En cuanto los renos vuelvan
su magia desaparecerá.

Serán renos normales,
no podrán volar hasta la próxima Navidad.

Sin perder el tiempo,
Rino se calza sus zapatos de elfo.

Coge el regalo y sale pitando,
aunque no sabe dónde está Santa,
no sabe cómo encontrarlo.

Al ver a la estrella Polar,
le pregunta donde puede estar:

“¿Has visto a un hombre rechoncho?”

“¿Con una gran barba y un traje rojo?”

La estrella le dice que sí,
que hace un buen rato pasó por allí.

“Le vi irse hacia el Norte,
hacia donde acaba la nieve y empieza el bosque.”

Rino corre y corre,
no para hasta que llega al bosque.

“¡Santa!”
“¡Santa!”
“¿Dónde estás?”
“¡No te escondas!”
“¡No es hora de jugar!”

Pero Santa no contesta,
porque allí ya no está.

“Se ha marchado hacia el Este.”

Le dice un búho de repente.

“Se ha ido hacía donde termina la tierra y comienza el mar,
hacía donde las olas chocan con más intensidad.”

Rino corre y corre de nuevo,
corre más rápido que el viento.

Pero igual que antes,
Santa no está en ningún lugar.

¡Y Rino no sabe nadar!

“¿Cómo voy a cruzar el mar?”

Entonces una gaviota se ofrece a llevarlo:

“Te llevaré volando,
así lo alcanzarás más rápido”.

Juntos sobrevuelan muchas ciudades, pueblos y aldeas;
pero el trineo siempre les lleva la delantera.

Y justo cuando está a punto de rendirse,
Rino escucha un “¡HO, HO, HO!”

“¡Vuela gaviota!”
“¡Vuela!”
“¡El trineo está muy cerca!”

Cuando están cerca del trineo,
Rino lanza el regalo dentro:

Sin embargo,
antes de que caiga en el saco,
el trineo gira de repente hacia otro lado.

El regalo cae y cae.
Cae por el hueco de una chimenea,
donde un anciano duerme,
sujetando en su mano fotos viejas.

El anciano está solo en esta fecha tan especial,
e igual que el año anterior,
nadie le deseará Feliz Navidad.

Al despertar y ver el regalo,
sabe que Santa se ha equivocado.

Lo coge y  en él descubre una etiqueta,
donde se puede leer el nombre del niño,
esta escrito entre dibujos de estrellas.

Rino oculto detrás de una maceta,
ve como el anciano sale de su casa,
llevando entre sus manos la pequeña caja.

“¿Qué va hacer con el regalo?”

Se pregunta asustado.

“¡Espero que no se le ocurra hacer algo malo!”

Pero nada más lejos de la realidad…

Dos casas más allá,
si giras a la derecha,
y andas un poco más,
verás al anciano llamar a una puerta.

En el portal aparece un hombre con su hijo.

El niño se esconde detrás de las piernas de su padre.

No le gustan los desconocidos.

El anciano con una sonrisa
le entrega el regalo,
le explica que el despistado de Santa lo había extraviado.

El niño suelta el regalo y abraza al anciano.

Lo había buscado por todo el árbol;
y ya pensaba que no iba a encontrarlo.

Como agradecimiento el padre le invita a pasar
y estuvieron todo el día juntos,
contando cuentos de Navidad.

Rino vuelve a la aldea feliz,
y no solo porque el regalo esté en su nuevo hogar.

Es porque ha descubierto,
que la auténtica magia,
está escondida en los pequeños actos de bondad.


FIN

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