domingo, 16 de junio de 2019

Entre las estrellas

19:05:00 1 Comments
Rocío Cumplido González (cc) 2019

#sigueadelante #cuentosinfantiles #cuentosparaelalma


Entre las estrellas

Sarya cerró la puerta del patio trasero, procurando que las bisagras no chirriaran saltando la voz de alarma. Mientras corría colina arriba sintiendo el aire fresco de la noche en sus mejillas, se felicitó así misma por haberse convertido en una experta escapista.

Dana, su perra, la veía escaparse desde hacía semanas. Al principio ladraba arañando el cristal de la ventana, intentado llamar su atención. Quería acompañar a su ama y ser su fiel escudera a donde sea que fuera. Sin embargo, Sarya nunca se rindió ante los ojos llorosos del animal y unas noches después, este simplemente dejó de ladrar.

Era una noche de Junio perfecta: despejada, oscura y donde miles de estrellas parpadeaban inquietas. — Esta es la noche ideal para un cuento, — solía decir su abuelo.

Sarya y su abuelo pasaban noches enteras inventándose cuentos donde las princesas eran valientes, guerreras y en donde  no todas las brujas son malvadas hechiceras.

— ¡Hola abuelo, ya estoy aquí!— gritó en cuanto alcanzó la cima.

Sarya rescató una caja de cartón que su abuelo y ella habían escondido entre los matorrales. Retiró el plástico que la cubría y empezó a sacar varios tipos diferentes de piezas y utensilios.

— Creo que ya sé cómo hacer que funcione abuelo — afirmó la niña. — Solo tengo que encontrar unas aletas más resistentes y un combustible más potente.  La última vez con el vinagre y el bicarbonato, no subió tan alto como esperábamos.

Sarya siguió hablando, contándole a su abuelo como conseguiría que el cohete surcara los cielos. Lo habían empezado a construir unos meses atrás y aunque no estaba acabado; ya se habían imaginado como cruzaría la estratosfera y alcanzaría la velocidad de la luz, para llegar a otros planetas.

Sarya no lo sabía; pero a unos pocos metros había un hada transformada en mariposa, que estaba escuchando como hablaba sola. Y es que hace unas semanas, su abuelo se convirtió en un recuerdo. Ahora viaja entre las estrellas contando esos cuentos.

Cuando la niña se marchó, el hada Ro volvió a su forma original y otra noche más, regresó al viejo y hueco árbol que llamaba hogar, sin una nueva historia que contar.

— ¡Seguro que está vez, el cuento es de un dragón que no escupe fuego!— se emocionó al pensarlo Kara.

— ¡No!— protesto Piyi— Yo quiero que sea un cuento sobre un príncipe cocinero: promoverá la paz con pasteles. ¡No va a ser de esos que van por ahí con una espada afilada haciendo daño a la gente!

Ro entró por uno de los agujeros del árbol y entonces sus hermanas la acorralaron:

— ¡Ya está aquí! — gritaron ambas ilusionadas.

Sin embargo, la ilusión y la emoción se desvanecieron en un santiamén:

— Ya no se inventa historias, ni cuentos— afirmó Ro con pesar. — Está empeñada en hacer volar ese cohete para que viaje entre las estrellas.

Esa noche ni Ro, ni Piyi, ni Kara conseguían conciliar el sueño. No son capaces de dormir si nadie les cuenta un cuento.

— Si el cohete echara a volar. —empezó a decir Piyi, harta de dar vueltas en su pequeña cama de paja, — si volara más allá de las nubes y llegará hasta las estrellas, quizás la niña volvería a crear cuentos.

Kara que era la más mayor y sensata, no veía como eso podía ser la solución al problema; pero Ro se pasó toda la noche con las palabras de su hermana pequeña en la cabeza:

— Puede que con un poco de magia…

A la noche siguiente, las tres hadas fueron hasta lo alto de la colina. La niña aún no había llegado; pero pronto lo haría.

— Más vale que nos demos prisa— aconsejó Ro.

Dos de las hadas esparcieron un poquito de su magia sobre la caja que guardaba Sarya.
El hada Kara le otorgó fuerza y resistencia al cuerpo y a las aletas. Ahora nada podría destruirlo.

El hada Piyi usó sus poderes para pintar cientos de estrellas en las piezas del cohete. Estas iluminarían su camino a través del universo infinito.

— ¡Ya está llegando!— gritó el hada Ro.

Justo antes de que Sarya las pillara con las manos en la masa; las tres hadas se transformaron en luciérnagas.

— ¿Qué ha pasado aquí?— se preguntó la niña al ver el contenido de su caja.

Sarya sacó el tubo y las aletas, pasando las yemas de sus dedos por los dibujos de estrellas.
Aprovechando su distracción, el hada Ro se acercó y esparció sobre su cabeza un poco de fe, algo de magia y una pizca de fantasía.

 — Ese es el único combustible que necesitas— susurró el hada.

En ese momento, sin saber muy bien por qué, Sarya supo exactamente lo que tenía que hacer y en menos que canta un gallo; el cohete estuvo listo y preparado.

— 3…, 2…, 1….

El cohete salió disparado, iluminando el cielo a su paso. Sarya no podía creer que al fin lo hubiera conseguido. Se quedó allí, viendo como el cohete se perdía entre las estrellas y al igual que su abuelo; este se convertía en un bello recuerdo.

Pasaron varios días hasta que Sarya volvió de nuevo a la colina. ¡Las hadas estaban asustadas! ¡Pensaban que no volvería!

En esta ocasión, la niña llegó acompañada Dana, su fiel escudera de cuatro patas.

— ¿Quieres escuchar un cuento?— preguntó Sarya a su peluda amiga.

El animal movió la cabeza para lamer su mano. Entonces Sarya se recostó en la hierba y empezó a contar la historia de un príncipe pastelero, que se enfrentó a un dragón que no escupía fuego.
Fin.

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lunes, 10 de junio de 2019

Solo un deseo

0:28:00 1 Comments
(cc) 2019 Rocío Cumplido González #cuentoinfantil #relatojuvenil




Entré en la biblioteca y cerré la puerta detrás de mí, sintiendo el peso del cristal en la espalda.

— ¿Por qué siempre me pasan estas cosas a mí?

Me sequé las lágrimas utilizando la rebeca del colegio a modo de pañuelo y después la lancé con todas mis fuerzas contra una de las mesas.

Al despertarme aquella mañana descubrí que Duque (mi enorme gato angora), se había hecho pis encima de mi mochila, lo que la dejó con un olor muy desagradable.

¡Pero era mi única mochila!, así que tuve que aguantarme y utilizarla ese día para llevar mis libros. Si tenía suerte, nadie se daría cuenta y por la tarde, ya  en casa, la limpiaría.

Pero no hubo suerte. Teresa que tiene el olfato de un perro policía, tardó solo un segundo en notar el olor y apenas solo dos, en darse cuenta de dónde venía.

— ¡Tu mochila apesta!— gritó sin preocuparse de que estábamos rodeada por nuestros compañeros.

Todos se acercaron para oler la mochila y sus gestos de asco confirmaron que no iba a pasar desapercibida.

En cuanto entro en clase la profesora, Teresa fue corriendo a contarle el problema del olor y que tenía  que irse la mochila, yo o los dos. Todos mis compañeros estaban de acuerdo con ella; no iban a aguantar seis horas en el aula, con una mochila que apestaba.

La profesora me hizo sacar todas mis cosas y la dejó en el pasillo para que le diera el aire.

— ¡Aun puedo olerlo!— exclamó Ángel una hora después, tapándose la nariz.

Todos le siguieron el juego imitando sus gestos de asco. Fue entonces cuando empecé a llorar y ya no pude parar.

La profesora me pidió que saliera de clase, que fuera al baño y me calmase; pero no le hice caso. Me vine a la biblioteca. Este era el único sitio en todo el colegio, en el que sentía que nadie podía hacerme daño. Además, a esa hora no había nadie allí; así que podía mirar tranquila las estanterías y buscar algún libro interesante.

En esas estaba cuando escuché un fuerte golpe contra la mesa que tenía justo detrás de mí. Di un salto tan grande, que casi me monto encima del mueble.

Al darme la vuelta descubrí que había un libro sobre la mesa. Me acerqué muy despacio, temiendo que pudiera pasar algo malo.

— ¡No seas tonta Clara!— me regañé, — solo es un libro viejo.

Al agarrarlo vi que estaba cubierto de polvo y, a causa de eso,apenas podían distinguirse las letras del título. Entonces, cuando pasé la mano por encima para limpiarlo el libro se abrió solo de par en par, justo por la mitad.

De repente se formó un remolino de humo rojo del que salían rayos y truenos. — ¡Casi rozaba el techo!

A los pocos segundos, el humo desapareció.

— No… no puede ser verdad— susurré sin creer lo que veían mis ojos. — ¿Eres un genio?

— ¡Vaya!, ¿qué me ha delatado?— preguntó ese ser de cuento, bajando hasta ponerse al nivel mis ojos. — ¿Los zapatos con final de punta?, ¿o los pantalones bombachos?

— Ambos— tartamudeé.

— Todo es culpa del cine— afirmó a la vez que chasqueaba los dedos para cambiar su ropa. Ahora llevaba zapatillas, vaqueros y un jersey. — Seguro que también esperabas que saliera de una lámpara mágica.

De la impresión solo pude mover la cabeza para asentir.

— Eso es porque yo no soy un genio como los de los antiguos cuentos. Solo aparezco cuando alguien me necesita de verdad. Muy pocas veces mi casa ha aparecido con forma de lámpara. Ha tomado la forma de una espada, de una vela de cumpleaños e incluso se ha transformado en un viejo televisor.

El genio me miró con sus grandes ojos morados. — He visto lo que ha pasado con tu mochila, ¿te pasan cosas así muy a menudo?

Le conté al genio que sí: — por lo menos una vez a la semana hago algo o me pasa algo, que me deja en ridículo ante mis amigos. Bueno… si es que puedo llamar así, a quienes les encanta reírse de mí.

— Yo puedo concederte sólo un deseo para arreglar tu problema; pero hay una regla: no puedes desear algo que ya poseas.

— ¿Sólo uno?— pregunté. — ¿Que ha pasado con los tres?

— ¡Eso es otro invento de la cultura popular!— gritó soltando literalmente humo rojo de las orejas. — Solo puedes pedir un deseo y no vale el truco de “deseo tener más deseos”.

— Es que ahora mismo no sé qué deseo pedir— afirmé, aunque no estaba siendo del todo sincera. Se me estaban ocurriendo varios a la vez; a cada cuál más cruel:

— Podría desear que a Teresa le salgan verrugas por toda la cara— pensé, — o que a Ángel se le llene el cuerpo de polvos “pica, pica”. Así esta vez, se reirían de él.

Sin embargo, no fui capaz de pedir ninguno de esos deseos. Odiaba que se rieran de mí; pero tampoco me gustaba la idea que le pasara lo mismo a ellos y menos por mi culpa.

El genio parecía haber leído pensamientos, porque en ese momento se elevó levitando unos centímetros por encima del suelo, extendió los brazos y dijo:

— Cierra los ojos y mira en tu corazón. ¿Qué es lo que quieres en realidad?

Hice lo que me dijo y la respuesta que soltó mi corazón me sorprendió. ¡Ni siquiera titubeó!

— Un amigo o amiga de verdad— susurré.

El genio sonrió y sus ojos cambiaron de color. Ahora eran azules como el cielo y ya no daban tanto miedo.

— Cómo he dicho antes, no puedo darte algo que ya poseas.

— Pero yo no…

— Tu sí, Clara. — me interrumpió el genio. — Estabas tan enfadada, que no has visto a quien no se ha reído de ti. A quién te ha defendido y se ha enfrentado a los demás niños.

— ¿Quién?— pregunté intrigada.

— Lo sabrás en un momento— afirmó. — ya puedo escuchar cómo viene corriendo.

Con un simple chasquido de dedos el genio volvió a su forma original.

— ¡Espera!— le pedí cuando empezó a transformarse en humo. — ¿Qué pasa con mi deseo?

— ¿De verdad lo necesitas?— me preguntó.

Negué con la cabeza y en un segundo, el libro y el genio desaparecieron. La puerta de la biblioteca se abrió en ese mismo momento.

— ¡Al fin te encuentro!— exclamó Bea al verme. — ¡Te he buscado por todas partes!

— ¿Y cómo sabías que estaba aquí?— pregunté a sabiendas de que un poco de mágica tenía la culpa.

— No lo sé— confesó. — Simplemente lo supe. ¿Habrán sido mi superpoderes de mejor amiga?

Bea se rió a carcajadas por las ocurrencias de su propia imaginación.

— Vamos de vuelta a la clase— dijo cogiendo mi mano. — Ángel y los demás van a disculparse.

— ¿Cómo lo sabes?— pregunté.

Bea me apretó con fuerza la mano y sonrió.

— Por qué tendrán que vérselas conmigo si no.

Al salir de la biblioteca me hice la promesa de que algún día le contaría esta historia a Bea. Después de todo, nadie me conoce mejor que ella.

Fin.


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martes, 21 de mayo de 2019

Las mil y una historias de Sol. Capítulo 10: Una historia de más.

12:27:00 3 Comments
Rocío Cumplido González (c) 2019 #relatojuvenil


Capítulo 10: Una historia de más

Después de una pequeña conversación en la que papá me hizo las típicas preguntas sobre cómo había pasado el verano, pasamos a lo que de verdad querían  hablar todos.

Estaba más que decidido. Mis padres iban a divorciarse y a vivir cada uno por su lado. Pero claro, en medio de todo esto estaba yo; por lo que tenían sí o sí, que llegar a un acuerdo para que la “nueva rutina” fuera lo más llevadera posible.

Mientras hablaba mamá, tuve la sensación de estar leyendo un guion perfectamente orquestado, en donde todos los escenarios posibles se habían diseñado,  para empezar a rodar en cuanto terminase el verano.

— Durante el curso escolar estarás conmigo los lunes desde que salgas del colegio, hasta los miércoles que entres a clase. Cuando salgas el miércoles, tu padre te recogerá; y te quedarás con él hasta el viernes. Los fines de semana y puentes los iremos alternando y las vacaciones las dividiremos por la mitad. En  navidad, la nochebuena la pasarás conmigo y la nochevieja con papá. La noche y el día de reyes también lo alternaremos; un año con él y otro conmigo. La semana santa la pasarás entera con tu padre.

— ¿Y en verano?— pregunté interrumpiéndola de sopetón.

— Teniendo en cuenta que son unos  dos meses sin clases — continuó explicando mamá, — y que por el momento, ni tu padre ni yo tenemos pensado mudarnos fuera de la ciudad;  he pensado que lo mejor es que sigamos con esta rutina hasta finales de junio. El mes de julio lo pasarás entero con tu padre y el mes de agosto conmigo.

Empecé a sentir que me faltaba el aire. Mamá había organizado mi vida de los  seis años siguientes hasta el milímetro; pero en el esquema de lo que sería a partir de entonces mi vida, se había olvidado de incluir a una persona muy importante.

— Tranquilo, no te va a dar tiempo a aburrirte. —afirmó mi madre, posando su mano en mi mejilla. — He hecho una lista de todas las actividades disponibles para los chicos de tu edad. Aunque también podemos hacer algo juntos, como un viaje ¿Qué te pare…

— No— le corté.  Retiré bruscamente la cara y me levanté para enfrentarlos. Mis padres estaban sentados en el viejo sofá de nana, donde unos cojines con estampados de flores, se habían hundido casi hasta rozar el suelo. A los pobres no les quedó más remedio que levantar un poco la cabeza para mirarme. — No voy a  pasar  un mes con cada uno en verano. — afirmé sin parpadear. — Solo pasaré dos semanas con cada uno, en julio. Me da igual como lo organicéis; pero solo serán dos semanas. Ni una más.

Miré a nana. Estaba sentada en el viejo sillón del abuelo. Solía decir que lo conservaba, porque su olor se había quedado atrapado en el cuero. Fue entonces, cuando entendí cómo funcionaba el lenguaje secreto de Mario y Sol. Ellos estaban conectados por un lazo de amor puro y verdadero. Mil veces más fuerte, que cualquier coincidencia de ADN.

Nana sonrió y asintió con la cabeza, confirmándome que estaba de acuerdo y me apoyaba.
— Cada uno de agosto, uno de los dos me traerá al pueblo con nana—sentencié. — Será con ella con quién pase todo el mes.

— Pe…, pero— balbuceo mamá tras recuperarse del shock—. Eso no es lo que he planeado. Además eres menor de edad, un niño y debes…

— Déjalo Elena— pidió mi padre apoyando la mano sobre su hombro. — Déjalo quedarse. Creo que le hace bien estar aquí.

— ¿Era orgullo hacía mi lo que veía en los ojos de mi padre?

Por culpa de mi comportamiento de los últimos meses había perdido la esperanza de que papá volviera a mirarme de esa manera. Entonces me prometí a mí mismo, que en cuanto empezaran las clases, me disculparía con todos los chicos que había tratado mal. No solo porque no quería volver a perder lo que acababa de recuperar. Si no porque de verdad me sentía mal por todas esas cosas.

— Pero es solo un niño—volvió a repetir mamá sacándome de mis pensamientos, —no puede decidir qué hacer.

— Haz el favor de mirar bien a tu hijo, Elena— le pidió papá. — El  niño que dejamos hace unas pocas semanas, ya no está.

Mamá me observó de arriba abajo durante unos segundos y después simplemente asintió, aceptando al fin que había perdido esta batalla.

Entonces entendí que era ahora o nunca. O aprovechaba la oportunidad y hacía la pregunta, o me quedaría para siempre con la duda:

— ¿Es culpa mía?

Mi madre me miró sorprendida, estaba claro que la pregunta iba sólo para ella.

— ¿Es culpa mía que no hayas sido feliz?

Su respiración se cortó y durante unos segundos los roles se invirtieron. Yo era el adulto que quería tener una conversación sería y ella, la niña que buscaba con la mirada una escapatoria para evitar una situación incómoda.

— Escuché lo que le dijiste a papá esa noche— confesé al fin. Mi padre también abrió los ojos  sorprendido. Para ellos ahora las piezas encajaban y mi comportamiento de los últimos meses, aunque jamás estaría justificado; tenía algo de sentido.

— Sé que siempre has estado enamorada de otra persona, que desearías haber sido más valiente en su día y que si no te hubieras quedado embarazada de mí; tu vida sería muy distinta.

 Por primera vez, en mucho tiempo permití que mis lágrimas brotaran sin control. Aun así, me esforcé todo lo que pude para no parpadear. No quería perder el contacto visual con mamá.

— Yo no… yo nunca— tartamudeo. Intentando esconderse; mi madre clavó los codos en las rodillas y se tapó la cara con las manos.

Pasaron varios segundos, casi un minuto en los que permanecimos en silencio. Mis peores miedos se habían confirmado y no podía soportarlo. Necesitaba salir de ahí, escapar y correr tan rápido y tan lejos, cómo mis piernas me lo permitieran.

Ya había girado medio cuerpo para irme cuando sentí una mano aferrarse con fuerza a mi muñeca. Al volverme vi a mi madre frente a mí, llorando. Con un suave tirón me acercó hasta ella para abrazarme con fuerza. Los latidos de su corazón golpearon contra mi oreja, confirmándome que mis miedos eran infundados. Me quería y nunca se había arrepentido de tenerme. Simplemente había tenido mucho miedo. Miedo a que la rechazara cuando descubriera la verdad.

Tembloroso entrelacé los brazos en su cintura y la apreté contra mí tan fuerte como pude. En ese momento deseé haber sido más alto que ella. Así  mi madre habría sido capaz de escuchar a mi corazón y todo lo que este tenía que decirle.

*********

— Corre más rápido André — gritó Sol desde la orilla del lago, mientras Darío y yo intentábamos hacer volar una de las cometas que nos había regalado Mario.

Habían pasado un par de días desde que papá llegó al pueblo y tuvimos algo tiempo para estar solos y hablar “de hombre a hombre”. Una noche, sentados en unas sillas de mimbre, frente a la puerta de la casa; papá me aseguró que no odiaba a mamá. Claro que se enfadó mucho con ella en su momento y que hubiera deseado poder arreglar las cosas. Sin embargo, durante el crucero se dio cuenta de que no se puede obligar a nadie a quererte y que lo más importante para un niño, es que sus padres sean felices, estén juntos o no.

Y era cierto. Ahora veía a mi padre un poco más feliz que antes; charlando animadamente con Mario y el pescador, mientras este último les enseñaba a tirar la caña correctamente.

Mamá también sonreía junto a nana y Soledad, viendo cómo Diego se hacía un lio con las instrucciones de la tienda de campaña que había comprado el día anterior.

— ¿Podrías dejar de reíros y echarme una mano? — se quejó este, metido en la tienda; intentando sujetar un lado con una mano, mientras que con la otra trataba de adivinar donde tenía que anclar  la varilla.

— Porque la idea de acampar fue tuya— afirmó Mario en la distancia. —y por cierto cielo, las varillas van por fuera de la tienda.

Apenas veinticuatro horas antes, Diego estaba encantado con la idea de pasar la noche bajo las estrellas. Se le ocurrió el plan cuando estaba a punto de guardar el telescopio en una caja y dejarlo ya preparado para la mudanza. Aunque no fue  hasta poco antes de cenar, cuando llamó a casa de nana para hablar con mis padres.

Yo ya conocía el poder de persuasión de Diego; pero mamá aun no entendía como se había dejado convencer tan fácilmente, para ir a una barbacoa en medio del campo y en pleno verano.

— ¿De verdad quieres pasar la noche allí?— preguntó horrorizada ante la idea de dormir rodeada de insectos.

Le aseguré que sí, que sería divertido hacer algo con Sol y su familia antes de irnos. No podía creerlo, ya solo faltaban dos días para volver a casa, a mi vida y en apenas una semana más, Sol y sus padres empezarían el nuevo capítulo de la suya.

Cuando Mario como buen arquitecto, se aseguró de que la construcción de su marido soportaría el ataque unos niños hiperactivos, pudimos entrar en la tienda.

Sol se había llevado su cuaderno de historias y pasaba las páginas de un lado a otro buscando la más adecuada para una noche de acampada.

— ¡No puede ser!— gritó de repente y sin avisar.

— ¿Qué te pasa?— pregunté mirando a mi alrededor preocupado, buscando cualquier bicho que se hubiera colado. — ¿Te ha picado algo?

— No… mira.

Entonces Sol me enseñó las dos páginas en blanco que separaban las historias trescientos veintisiete, de la trescientos veintiocho.

— ¡No está completo!— afirmó casi en estado de shock. — Papá Mario se saltó estas páginas y no se dio cuenta.

Estuve a punto de sugerir  que podía arrancarlas; pero al comprobar en qué lado  de la página terminaba la historia trescientos veintisiete, vi que era imposible hacerlo sin dejar el relato incompleto.

Al cabo de pocos segundos, la respiración de Sol se calmó y su rostro cambió. Ahora sonreía y pude ver en sus ojos esa mirada traviesa y picara.

— ¿Qué se te ha ocurrido?— pregunté algo asustado.

— Que sería muy chulo escribir las cosas que nos han pasado este verano, ¿no piensas lo mismo?

Sol estaba realmente emocionada con la idea. — Podríamos escribir sobre cómo nos conocimos aquí, en el lago. ¡Yo estaba escondida en esos matorrales! ¿Te acuerdas?

— Como para no acordarme— aseguré recordando aquel momento. Me costaba creer, que no hubiera pasado ni un mes.

— También podríamos escribir sobre el accidente de nana y como conseguimos la historia del pescador — continuo sin percatarse que le había contestado. — También tenemos que poner lo que pasó con aquellos matones en la feria. No es un recuerdo bonito; pero es lo que pasó y tenemos que escribir la verdad.

— Pero entonces tendrás una historia de más en tu cuaderno— le dije cuando paro de hablar. — Si escribimos todo eso, tendrás mil y una historias que contar y ese es un número impar.

Sol medito durante un largo minuto mi afirmación; pero luego volvió a sonreír.

— Creo que eso es algo con lo que puedo vivir.

Nos pusimos a ello en cuanto Sol escogió el bolígrafo perfecto entre la docena que tenía en su mochila y como suele decirse: no nos dejamos nada en el tintero. Tuve que resumir algunos detalles por miedo a quedarme sin espacio antes de terminar; pero lo logré sin problemas y nada de lo importante se quedó atrás.

La noche era clara, adornada por una gigantesca luna llena y al no estar en medio del pueblo podíamos ver más estrellas. Lo que era perfecto para más tarde, poder descubrir nuevas constelaciones y ponerles nombre.

Sol, Darío y yo nos acercamos al pescador quién seguía sentado frente a su caña. Por algún motivo el hombre miraba embelesado el agua, ni siquiera parpadeaba.

— Esto sí que es magia— nos susurró.

Los tres contuvimos la respiración al mirar al agua. Los peces estaban bailando y gracias al reflejo de la luna, parecía que lo hacían en medio del espacio.

— Ojalá no hubiera escrito esa historia en el cuaderno de Sol — pensé. — Ahora se me estaba ocurriendo otra mucho mejor, sobre unos peces que bailaban junto a las estrellas en el espacio exterior.  Esa historia, como la mía y la de Sol, tendría un final inesperado. Y eso no siempre es algo malo.

FIN.

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